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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 31

Con sor Ernestina y Pedro Álvarez y su libro Peregrino al interior el corazón estuvimos viendo los amigos que nos ayudan en nuestro camino interior. 

El último amigo es la Palabra de Dios. Hoy podemos leer la última parte de este capítulo.

Palabra de Dios - 3ª parte

El conocimiento de todas estas verdades de nuestra fe no evita, sin embargo, que nos pueda recorrer una sensación de escalofrío cada vez que abrimos la Biblia. Delante de ese libro nos preguntamos qué tiene de especial, ¿no será como los demás? Así piensa la mayoría, ¿por qué voy yo a creer otra cosa? y surgen muchas preguntas.

 

 ¿Pueden unos signos pincelados en un papel encarcelar la mente y el corazón de Dios? La razón grita: “No” y, sin embargo..., no se puede ahogar dentro de nosotros una chispa de esperanza, un gemido de desesperación, un salto de confianza. Una intuición: ¡Ahí está Dios!, aprisionado en ese Libro, en esas pequeñas marcas. Escondido entre las letras hay un fuego, un Espíritu que asciende como savia que fluye del árbol seco.

 

Paso entonces a leerla, pronunciarla, emitirla, ¡Que empape mi tierra agostada! ¡Que no se pierda una migaja! Potentes vibraciones resuenan en mi interior y empiezo a buscar el sentido de la palabra y no lo hallo, la retuerzo, la aprieto, intento deshacerla, revuelvo en sus formas, pero no hallo al Dios que lleva dentro. ¿Por qué no me habla y me descubre su secreto? Llamo con amor a la puerta que encierra el Misterio. Con afán, con constancia insisto. ¡Entender lo escondido a muchos!

 

De pronto una fuerza portentosa, un brillo cegador, un fuego que abrasa, desprenden estas palabras y siento desconcierto porque, entretejido entre los rasgos escritos, luchando por amanecer, como niño que nace a la luz, empujando con fuerza, el Espíritu se manifiesta y aquellos términos oscuros y confusos, cobran vida y penetran, cual espada afilada, en mi corazón. En el sonido percibo la omnipresencia del Padre; en los signos escritos, la imagen del Hijo engendrado y en el poder transformador, el fuego del Espíritu.

 

Adivino que solo la fe puede manifestar lo oculto, susurrar al oído el mensaje y, cuando leo la Palabra, hago viva su fuerza, llega hasta mí y hasta cada hombre la corriente de su potencia y mi corazón late con fuerza, se deshace, se transforma. ¡Amanece una vida nueva!

 

Dentro de la Biblia se encuentra un libro llamado Salterio, que recoge 150 salmos, poesías, que puede entusiasmar a los que se acerquen a él.

 

Uno puede experimentar y ver reflejadas en las palabras de aquellos poetas, todas sus experiencias más íntimas. Cansancio, angustia, soledad, alegría, búsqueda de Dios, confianza, súplica... Se entiende que San Agustín dijera: “Todos nacemos con el salterio escrito en el corazón”.

 

También impresiona al acercarse a un salmo el pensar que antes que nosotros millones de personas han pronunciado esas mismas palabras a lo largo de los siglos y las seguirán repitiendo, que, incluso Jesús, oró con ellas.

 

Cuando oramos con los salmos nos unimos a Jesús en su dialogo con el Padre y así diremos con él, por ejemplo: “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado” (Sal 21) o “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu” (Sal 130).

 

Cuando nos reunimos para rezar los salmos, la fuerza y la intensidad de la oración es muchísimo mayor, esto ocurre al celebrar lo que se llama la Liturgia de las Horas u Oficio Divino, la oración oficial de la Iglesia conocida también como rezo de Laudes y Vísperas.

 

¿Qué es el salterio? El corazón de Dios que, en cada latido, manda todo su amor, su esperanza, sus deseos de vida... En una palabra, su espíritu, para que quien quiera abrir el libro, lo reciba.

 

 

Han de ocuparse los hermanos a unas horas determinadas en el trabajo manual y a otras horas también determinadas en la lectura divina.

 

Regla de San Benito

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