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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 6

Seguimos leyendo el libro "Peregrino al interior del corazón" de sor Ernestina Álvarez Tejerina y su hermano Pedro.

 

Ya el capítulo 4 nos planteaba la pregunta fundamental para cada ser humano: ¿Quién soy yo?. Para ayudarnos a contestar, los autores del libro nos ofrecen ejemplos de varios personajes bíblicos que representan las diferentes formas del "yo". 

 

Hoy leeremos sobre Goliat e Isabel en el acontecimiento de la Visitación. 

¿SOY YO ACASO UN PERRO PARA QUE VENGAS A MÍ CON PALOS?

GOLIAT, EL “YO” DE LA SOBERBIA.

 

Los filisteos han reunido todas sus tropas para hacer la guerra a Israel y uno de ellos, Goliat, de seis codos y un palmo de estatura, los desafía en una lucha mano a mano contra un hombre que los represente. David se entera del asunto y se ofrece voluntario para enfrentarse a Goliat. Éste, al verlo, lo desprecia y le pregunta: “¿Soy yo acaso un perro para que vengas a mí con palos? [...].  Ven hacia mi y daré tu carne a las aves del cielo y a las fieras de los campos” [1 Sam 17, 43-44].

 

Goliat representa antropológicamente al “yo” de la soberbia.

Tras ese: ¿Soy yo...? se esconde un hombre autosuficiente, que se cree lo que no es, la tremenda mentira que sobre él mismo piensa y afirma.

 

Goliat es el ejemplo de la persona que se siente completa en sí, capaz de abarcar el cielo y la tierra, conocedora de lo de antes, lo de ahora y con una visión clara del futuro y de la verdad. La sabiduría parece darle siempre la mano, no necesita escuchar, es el maestro de todos. Sus palabras son la cima en cualquier reunión, la perfección es su vida y los demás son siempre imperfectos.

 

Es el hombre eternamente engañado, que se siente el centro del universo. Es el “yo” que se pone siempre delante, en el primer puesto, que afirma siempre sus derechos. Es un hombre encerrado en sí mismo, despreocupado de todos.

 

El error está en las ideas delirantes que tiene en su cerebro, por eso David le mata al lanzarle una piedra que se clava en su frente. Sí, al darle en la cabeza, se quiebra la imagen idealizada que tenía de sí mismo, no puede resistir el verse tal y como es y cae de bruces en tierra.

 

Un hombre así es sumamente vulnerable, no se necesita la espada para matarle, simplemente una pequeña piedra que destruya su yo, su ídolo, le deja tendido y abatido.

 

¿QUIÉN SOY YO PARA QUE ME VISITE LA MADRE DE MI SEÑOR? ISABEL, EL “YO” DE LA ALEGRÍA.

 

Isabel recibe la visita de su prima María y es capaz de acoger ese don inesperado, súbito, gratuito e inmerecido que es siempre la alegría.

 

“Sucedió que en cuanto Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó de gozo en su vientre, Isabel quedó llena del Espíritu Santo y dijo a voz en grito ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues en cuanto tu saludo llegó a mis oídos la criatura saltó de alegría en mi vientre” (Lc 1, 41-44).

 

La felicidad es una vocación y todos estamos llamados a ella. En nuestra naturaleza está inscrita la necesidad y búsqueda de la alegría, pero da la impresión de que, por la limitación del ser humano, las personas no siempre sabemos recibir y aceptar este don.

 

El “yo” de Isabel sí supo hacerlo; y, como el júbilo es una fuerza expansiva que tiende siempre a expresarse, siente “algo” en sus entrañas que salta de gozo y le hace capaz de vivir la fiesta del encuentro con los demás, sentirse amada y amar, experimentar la verdadera alegría existencial - la dicha de la vida en sí misma - y, sobre todo, se siente envuelta por el amor y presencia de Dios.

 

Es cierto que Isabel no hace nada, todo lo recibe con la visita de María y es consciente de este don inmerecido: ¿Quién soy yo? ..., pero no es menos cierto que acepta el regalo, el don, y se impregna de él hasta lo más profundo de su ser. Esta es quizás también nuestra misión: acoger la alegría que cada día Dios nos ofrece y dejar que nuestras entrañas salten de gozo.

 

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