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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 7

Continuamos con otra parte del libro Peregrino al interior del corazón, este itinerario hacia nuestro "yo" profundo, al que estamos invitados todos, no solamente las que somos monjas. 

 

Estamos todavía en el capítulo que se titula "Quién soy yo". Al principio de éste se nos decía: 

 

"Nos pasamos la vida identificándonos con el cuerpo, nuestros pensamientos, las relaciones que entablamos, los sentimientos de nuestro corazón... y la verdad es que todo pasa."

 

Se nos invita a comenzar "un trabajo de interiorización, de búsqueda, quizás la más atrevida y maravillosa aventura que pueda emprender un ser humano". 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“YO SOY UN PECADOR”.

EL PUBLICANO, EL “YO” DE LA ACEPTACIÓN DEL PERDÓN DE DIOS.

 

Impresiona la figura de este publicano, recaudador de impuestos para los romanos y con posibilidad de manipular las tarifas. Es un hombre rico, pero odiado -especialmente por los fariseos- y considerado impuro por todos.

 

Este hombre se atreve a dirigirse al templo para orar. Se mantiene a distancia sin ni siquiera alzar los ojos al cielo y se golpea el pecho diciendo: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que yo soy un pecador!” (Lc 18,13-14).

 

Pudiera parecer, a primera vista, que lo más destacado de él es su capacidad de sentirse y reconocerse pecador. Pero es mucho más importante y excepcional su consciencia de saberse perdonado por Dios gratuitamente. Sorprende que no haya en su oración nada que nos indique una intención de cambiar de vida.

 

La lectura atenta del texto parece apuntar a que piensa seguir con su trabajo, quizás porque no tenga otra salida. Así y todo, se dirige a Dios, porque está seguro de su perdón totalmente gratuito. Aquí no hay satisfacción, ni propósito de la enmienda, sólo reconocimiento del pecado y, lo que parece más importante, un sentido extraordinario de quién es Dios, de su amor incondicional, de su gratuidad.

 

 A diferencia de Zaqueo, que, tras reconocer su pecado, ofrece al Señor dar la mitad de sus bienes a los pobres y si en algo defraudó a alguien, devolverle el cuádruplo (Lc 19, 8), el publicano sabe que no tiene, que no puede darle nada a Dios para pagarle por su perdón.

 

Tiene la confianza absoluta en que Dios puede hacer un hombre nuevo de él, librarle de ese pecado que le ata y del que no ve salida posible.

 

El perdón es siempre cuestión de amor y este hombre fue capaz de experimentar el de Dios y, por tanto, su perdón en toda su radicalidad. Y dice Jesús que bajó a su casa “salvado”.

 

 

“YO NO SOY DIGNO DE QUE ENTRES EN MI CASA... PERO BASTA UNA PALABRA TUYA...”.

EL CENTURIÓN, EL “YO” QUE SE FÍA.

 

Jesús entra en Cafarnaúm y se le acerca un centurión romano que le pide que cure a un criado suyo que está enfermo. Accede rápidamente a la petición indicándole su deseo de acercarse a curarlo, pero el centurión le contesta: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, basta que digas una palabra y mi criado quedará sano” (Mt 8, 8).

 

Los centuriones eran oficiales que, en el ejército de la antigua Roma, tenían bajo su mando un grupo de cien hombres. Provenían normalmente de la tropa e iban ascendiendo, por sus propios méritos, pudiendo llegar a alcanzar los primeros puestos en la vida política.

 

Este centurión se ha presentado, habitualmente, como ejemplo de fe en Jesucristo. Una fe desnuda, sin necesidad de signo, artificio: no hace falta que vengas a casa, que hagas cosa alguna [...] Su confianza, sin fisura, en la omnipotencia de Jesús, coloca a su “yo”, automáticamente, en la posición de criatura y, en su caso, presa de un sentimiento de indignidad.

 

Pero el Centurión no se queda ahí, en su pobreza, culpa, pecado, anhela tanto la salvación de su amigo que este amor le hace extraordinariamente audaz y exclama: “Pero basta que digas una palabra [...], y mi criado quedará sano”. 

 

Su “yo” comprende que una palabra de Jesús es suficiente para sanar, para hacerle digno, que el amor de Dios es un puente que puede unir los dos extremos más alejados del universo.

 

El Centurión intuye de manera extraordinaria que la Palabra de Jesús se identifica plenamente con su persona, que en él no existe diferencia alguna entre el ser y su expresión. No es como nosotros, personas que hablamos y actuamos desde el exterior sin implicarnos. Su palabra es Él y Él es su palabra, por esto basta con que lo diga, porque en ese “decir” está comprendido todo su ser. 


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¿Te ves reflejado en algún "yo" que hemos mencionado hasta ahora?

El "yo" de la alegría de Isabel, el "yo" de la humildad de Moisés, el "yo" de la independencia de Caín....


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