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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 9

Seguimos leyendo el libro "Peregrino al interior del corazón" de sor Ernestina y su hermano Pedro Álvarez.

 

En los capítulos anteriores nos preguntábamos sobre nuestra identidad. En este capítulo se nos invita a no detenernos en el "yo superficial" sino a descender hasta el corazón, a nuestro ser profundo.

CUARTA ETAPA: NUESTRO SER PROFUNDO

 

Por eso no desfallecemos.

Aun cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando,

el hombre interior se va renovando de día en día (2Co 4,16).

 

 

            Serafín, monje ortodoxo del siglo XVIII, nos anuncia la existencia de una realidad interior desconocida y la posibilidad de vivir en ella: “El hombre sensato dirige su espíritu al interior y lo hace descender a su corazón. Así la gracia de Dios lo ilumina y él se encuentra en un estado apacible y super-apacible; apacible, porque su conciencia está en paz; super-apacible, porque en su interior él contempla la gracia del espíritu Santo...”(Conversación con Motovilov. Serafín de Sarov. Ed. Lumen, 1981).

 

            Serafín ingresó en el monasterio de Sarov siguiendo la enseñanza de su maestro: “Ve sin temor y permanece [...] Familiarízate con el recuerdo de Dios: apela a Su Santo nombre, y el Espíritu Santo habitará en ti y guiará tu vida con toda santidad”.

 

¿Cómo encontrar, conocer a ese hombre interior?, nos podemos preguntar hoy día. “Tú, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto...”(Mt 6,6).

 

El requisito previo para conocerse es entrar en nuestra morada y cerrar la puerta. Un texto, atribuido a Gregorio de Palamás, fija que el alma entra en su aposento cuando el intelecto cesa de vagabundear de aquí para allá y los sentidos son encerrados; es decir, no les dejamos atarse a cosas exteriores y visibles. De esta manera el espíritu queda libre de toda atadura.

 

EL “YO” SUPERFICIAL

 

¿Qué nos ocurre cuando entramos en nosotros y cerramos la puerta del mundo exterior? Empiezan a aflorar imágenes, conceptos, sentimientos, que constantemente fluyen reclamando nuestra atención, mostrando su deseo de salir del anonimato de la inconsciencia.

 

Al desconectarnos de los requerimientos de los sentidos, aparece, en primer lugar, un personaje omnipresente al que podemos denominar “yo superficial” y lo que piensa, imagina, proyecta o recuerda, lo solemos asumir totalmente como propio.

 

Su manifestación está muy determinada por los acontecimientos del día. Viene cargado con los recuerdos de las acciones que acabamos de realizar -el trabajo, las conversaciones, lo que hemos visto o leído-, con las reacciones que hemos experimentado, con los proyectos más deseados… También viene repleto, ¡cómo no!, de nuestros temores, complejos y fracasos.

 

Todo ello discurre por nuestra conciencia sin ningún orden, mezclando los sucesos recientes con los antiguos, creando relatos sin base en la realidad, proyectando en los demás nuestras carencias; y repitiendo, hasta la extenuación, una y otra vez las mismas “historias”.

 

Este “yo superficial” se muestra muy parlanchín; siempre está activo, no conoce la quietud y, cuando se aburre, imagina “cuentos” para estar entretenido, captar nuestra atención. Él nos provoca nerviosismo, agitación, malestar y sensación de pérdida de tiempo, cuando queremos parar y nos sentamos a reflexionar, a contemplar, a ser... Sabe que el silencio acaba con su poder, con su exclusivismo, al hacernos profundizar y entrar en otras realidades.

 

Siempre se muestra insatisfecho, con infinidad de deseos y necesidades, muchas de ellas ficticias y otras irrealizables; es egoísta y solo piensa en satisfacer sus apetitos. Se encuentra muy unido a nuestros instintos más primitivos como la supervivencia, la reproducción, la seguridad; por lo que suele reaccionar de forma automática e instintiva ante cualquier estímulo. Es, en resumen, esclavo de sí mismo. A veces nos identificamos totalmente con él y vivimos según sus dictados sin descubrir otras esferas de la existencia.

 

Unas veces debido a circunstancias fortuitas y otras; las más, gracias al estudio, la oración, la meditación, el arte, la música, la naturaleza, la Palabra de Dios..., este yo se va callando y permite que tomemos consciencia de nuevos aspectos de nuestra personalidad que nos van a resultar profundamente sorprendentes.

 

Dependiendo de la superficialidad o profundidad desde la que vivimos nos jugamos, en gran parte, nuestra felicidad o desgracia. Nuestro “yo superficial”, al ser más primario, nos contagia su insatisfacción, nos roba libertad, nos aparta de nuestro centro y así, es casi normal, que entremos en conflicto con los seres con los que convivimos, con el medio que nos rodea e incluso con nosotros mismos.

 

Además, cuando nos guía este “personaje”, solemos ir de un extremo al otro de la vida sin reposo, movidos por el capricho, la apetencia; probando, experimentando..., pero sin profundizar en nada, sin permanecer.

 

Muchos, al ser conscientes de esta esclavitud, intentan ganar la batalla a este “yo” con la fuerza de la voluntad y entablan una feroz lucha contra él, negándole todas sus exigencias y caprichos. Pero existen, además, otras posibilidades más satisfactorias...

 

Si logramos profundizar en nuestro corazón, descubrimos que desde él tenemos menos deseos y reacciones egóticas; somos más libres, amantes, pacíficos, centrados, por lo que mejora la convivencia y nos sentimos más felices.

 

Desde este ser profundo se pueden comprender algunas de las enseñanzas más novedosas de Jesús, amar a los enemigos, perdonar siempre, poner la otra mejilla, no devolver mal por mal..., imposibles de aceptar por el “yo superficial”. Además, se pueden practicar, no solo mediante el uso de la fuerza de voluntad, sino desde un conocimiento diferente, una sabiduría.

 

Hay que ser conscientes de que, en este maravilloso viaje a nuestro interior, no solo vamos a encontrar situaciones pacíficas y angelicales, también se pueden despertar demonios, miedos y angustias que teníamos profundamente dormidos.

 

Por eso, antes de empezar, hay que tener claro que el motivo más importante para emprender este camino es la certeza de que Dios resplandece en nuestro interior y nos llama a su encuentro y así el viaje al centro de nosotros mismos es el viaje a la intimidad de Dios.

 

Estamos invitados a descender al corazón, nuestro centro más auténtico, y ahí encontrar esa semejanza divina con la que Dios nos ha creado y donde habita su Espíritu que gime por manifestarse.

 

Jesús lo anuncia: “El Reino de Dios está dentro de vosotros”(Lc 17, 21) y el apóstol Pablo lo repite: “¿No sabéis que sois santuarios de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?”(1 Co 3,6).

 

Nuestro trabajo consiste ahora en encontrarlo y vivir en él.

 


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