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¿QUÉ EDIFICA VERDADERAMENTE?

La semana pasada en el monasterio nos hemos preparado para celebrar la inauguración de nuestra tienda “ARTESANÍA MONÁSTICA”, que tuvo lugar el viernes 9 de septiembre. Me ha emocionado la implicación de las hermanas en el nuevo proyecto, pasando por encima de las limitaciones propias y más allá de preferencias personales; buscando siempre el bien de la comunidad. Me quedo con detalles y actitudes que me han edificado; y, si continúo sincerándome, debo decir que me han edificado más que ver a una hermana en oración durante largas horas.

 

Y ahora paso a intentar explicarme y trasladar lo que he vivido en mi interior.

Cuando yo era pequeña (y no tan pequeña), solía escuchar comentarios del tipo “Mira qué niña tan rica, cuánto reza” A menudo yo misma los recibía. No sé si en algún momento me ensoberbecieron. Probablemente. Parecía que para calificar a una persona había que mirar fundamentalmente su piedad.

¿Y si luego sus pensamientos y sentimientos estaban conscientemente lejos de los de Jesús? ¿Y si no veía a Jesús en cada persona ni procuraba tratarla como si fuera Él? ¿Y si, conociendo la voluntad de Dios en su vida cotidiana, se mantenía firme en sus ideas y formas contrapuestas a esa Voluntad?

 

He conocido personas que acostumbran a hacer largos ratos de oración y que son profundamente coherentes, en su vida cotidiana-real, con su fe y con esa relación viva que mantienen con Cristo. También he conocido personas que acostumbran a hacer largos ratos de oración y que han supuesto un escándalo para mí o para otros, por su incoherencia. He tenido también la gracia de conocer personas que “viven en Cristo y para Cristo” y que me han enseñado, sin palabras, que el cristiano -y cuánto más el monje- no es una persona que “hace oración”, sino que VIVE ORANDO; que todo lo que hace lo hace en Cristo y por Cristo, ya esté en un banco frente al sagrario, en un obrador haciendo pastas, en la calle acompañando a una hermana al médico, estudiando o en la cama durmiendo.

 

Siempre está en presencia de Dios, siempre está en oración…porque siempre está viviendo. Pues todo lo que hace lo hace con un único propósito: buscar sólo a Dios; y de una sola manera: no anteponiendo nada al amor de Cristo.

 

En la reflexión que he hecho estos días he concluido, en primer lugar, que una persona que “hace mucha oración” no tiene por qué implicar unas actitudes determinadas. Ojalá fuera así, debería ser así, pues el contacto con Cristo nos debería impregnar de sus sentimientos y pensamientos, y eso nos acercaría a actuar como Él. Pero no siempre es así.

 

Y, en segundo lugar, concluía que una persona en la que se aprecian las actitudes y detalles que yo he presenciado en mis hermanas especialmente a lo largo de esta semana, sí implica que es -como tradicionalmente se diría- una

“persona de oración”, y como yo definiría “una persona que vive en Cristo y para Cristo”. Y esto va más allá de las “horas de sagrario”, esto va de hacer de tu vida un sagrario en permanente luz; donde en todo momento y lugar te puedes encontrar con Él porque Él está en ti. No quisiera con estas notas restar importancia a la presencia sacramental de Jesucristo, sino todo lo contrario: animar a beber de la fuente, de Él, con tal fuerza que estemos siempre saciados de su Presencia; de tal forma que el sagrario continúe en nuestra alma y “se abra” hacia fuera en nuestras actitudes y obras cotidianas… y, ¡ojalá!, pueda entrar en las personas con las que tratamos cada día.

 

Finalmente, quiero agradecer a las hermanas el ejemplo que me dan cuando veo en ellas cumplirse el consejo de nuestro padre San Benito recogido en el capítulo 72 de la Regla:

“Adelántense para honrarse unos a otros; tolérense con suma paciencia sus debilidades, tanto corporales como morales; obedézcanse unos a otros a porfía; nadie busque lo que le parece útil para sí, sino más bien para otro; practiquen la caridad fraterna castamente; teman a Dios con amor; amen a su abad con una caridad sincera y humilde; y nada absolutamente antepongan a Cristo, el cual nos lleve a todos juntamente a la vida eterna”. De la Regla San Benito, cap. LXXII, 4-12.

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Comentarios: 1
  • #1

    Rosal Moreno (domingo, 18 septiembre 2022 13:27)

    Gracias, Cris. Hermoso y profundo comentario. Me uno a ti.