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Sobre los Sacramentos, por una monja benedictina


Antes de “comprender” un poquito esta realidad, los sacramentos, hemos de acercarnos al lenguaje que emplean: signos y símbolos.

 

El signo es una señal con la que se informa de algo.

 

Signos naturales:

 

-          Humo: signo de fuego.

 

-          Estornudo: signo de catarro.

 

Dios se revela a través de signos visibles como son las obras de la creación: el sol, la naturaleza… Pero resultan ambiguas porque no son tan convincentes que los hombres no puedan negarlo. Los signos con los que Dios se revela sólo hablan para el que tiene fe. Por ejemplo, en la creación, unos descubren a Dios; otros no. Para unos Yahve sacó a Israel de Egipto; para otros, aquello es una historia más.

 

El signo puede tener, además, un carácter simbólico porque comunica algo. Ejemplo: Veo a alguien y “extiendo la mano”. El signo de extender la mano es, a su vez, símbolo porque estoy comunicando algo: quiero establecer una relación de acogida… Si el otro acaba extendiendo la suya, no solo he comunicado, sino que ha producido efecto.

 

Si volvemos los ojos ahora a los sacramentos podemos verlos como símbolos a través de los cuales Dios se comunica con el hombre. (Recordemos que para la relación entre nosotros, los humanos, tenemos un elemento esencial: el lenguaje. Dios, trascendente, no puede comunicarse con el hombre de forma inmediata, sino a través de mediaciones).

 

¿Qué son, para qué y por qué los sacramentos? Los sacramentos son mediaciones a través de las cuales Dios se comunica con el hombre. Son celebraciones en las que se emplean signos y símbolos que han de ser inteligibles para acercarnos más significativamente al encuentro con Dios.

 

Intentaremos acercarnos brevemente a ellos.

 

Decíamos que nos comunicamos a través de los símbolos cuando por ambas partes se conoce el significado. Recordemos el ejemplo anterior de la mano: porque los dos lo entendimos, nos comunicamos, nos saludamos. Pues para conocer los sacramentos sería necesario comprender el carácter simbólico de los mismos; es decir, comprender lo que se está expresando.

 

Dice el Concilio Vaticano II (DV 2) que Dios se ha revelado a través de hechos y palabras íntimamente unidas de modo que los hechos confirman las palabras y éstas aclaran los hechos. El sacramento tiene una estructura análoga: por una parte hay una acción litúrgica y por otra una palabra de fe.

Esta única realidad, la del sacramento, se ha expresado de forma diferente a lo largo de la historia. En la Edad Media, la Escolástica ve el sacramento según el siguiente  esquema que vemos con el ejemplo de la eucaristía:

 

Eucaristía:

 

1.   Materia: pan y vino

 

2.   Forma: palabras de la consagración.

 

¿Cómo se expresa hoy la teología cuando habla de los sacramentos? Se parece a lo que entendían ya los Padres de la Iglesia, aquellos escritores eclesiásticos de los siglos primeros (I-VII). Ellos decían que los sacramentos eran celebraciones simbólicas donde se producía el encuentro del hombre con Dios y este encuentro se expresaba simbólicamente. Para los Padres, la materia de los sacramentos era siempre el hombre que iba a ser transformado.

 

Y la forma era la Palabra de Dios aceptada por la fe que transformaba al hombre. Por ello, para que hubiera sacramento se requería un hombre que deseara ser transformado por la palabra de Dios. Esa palabra era la palabra predicada  y aceptada por la fe. No se fijaban tanto en las fórmulas rituales, sino en el conjunto de la predicación que el hombre había aceptado.

 

Seguimos con el ejemplo de la eucaristía.

 

Desde el punto de vista de una teología patrística y de la teología moderna, la materia es la comunidad de hombres que escuchando la palabra se convierte y se transforma en pueblo de Dios o en cuerpo de hermanos. Porque el objeto de la eucaristía es la transformación del hombre. La eucaristía hace la Iglesia.

 

La finalidad de la eucaristía es la construcción de la Iglesia. Si esa comunidad humana no se transforma en una comunidad de hermanos que tiene a Dios como único Padre, entonces la finalidad de la eucaristía ha fracasado. (No se quiere decir que no sea válida. Lo que se quiere decir es que la fructuosidad de la eucaristía no llega a lograrse).

 

¿Celebramos la eucaristía para tener al Santísimo expuesto en el sagrario después, para que hagamos una genuflexión, para que encendamos una vela? Si esa es la finalidad de la eucaristía es muy pobre. La finalidad de la eucaristía es la construcción de la comunidad. El pan y el vino se dejan transformar fácilmente  con las palabras rituales. El que no se deja transformar por la palabra predicada de la Iglesia es el hombre porque es libre y, al ser libre, se puede oponer a ser transformado en miembro del pueblo de Dios.

 

El relato de la Última Cena nos dice que Jesús tomó el pan, lo partió, se lo dio. Tomó el cáliz, lo bendijo, se lo dio. Y dijo: “Haced esto en memoria mía”. “Haced”, pero hacer ¿qué? ¿El rito: partir el pan y bendecir el vino otra vez? No. Lo que nos manda es hacer exactamente lo que él ha hecho: partirse, darse, desvivirse, entregarse,  derramarse por los demás. Esa es la transformación que se nos pide: que nos transformemos en aquello que hemos celebrado.

 

Sor Rosa, monja benedictina

Antes de “comprender” un poquito esta realidad, los sacramentos, hemos de acercarnos al lenguaje que emplean: signos y símbolos.

 

El signo es una señal con la que se informa de algo.

 

Signos naturales:

 

-          Humo: signo de fuego

 

-          Estornudo: signo de catarro.

 

Dios se revela a través de signos visibles como son las obras de la creación: el sol, la naturaleza… Pero resultan ambiguas porque no son tan convincentes que los hombres no puedan negarlo. Los signos con los que Dios se revela sólo hablan para el que tiene fe. Por ejemplo, en la creación, unos descubren a Dios; otros no. Para unos Yahve sacó a Israel de Egipto; para otros, aquello es una historia más.

 

El signo puede tener, además, un carácter simbólico porque comunica algo. Ejemplo: Veo a alguien y “extiendo la mano”. El signo de extender la mano es, a su vez, símbolo porque estoy comunicando algo: quiero establecer una relación de acogida… Si el otro acaba extendiendo la suya, no solo he comunicado, sino que ha producido efecto.

 

Si volvemos los ojos ahora a los sacramentos podemos verlos como símbolos a través de los cuales Dios se comunica con el hombre. (Recordemos que para la relación entre nosotros, los humanos, tenemos un elemento esencial: el lenguaje. Dios, trascendente, no puede comunicarse con el hombre de forma inmediata, sino a través de mediaciones).

 

¿Qué son, para qué y por qué los sacramentos? Los sacramentos son mediaciones a través de las cuales Dios se comunica con el hombre. Son celebraciones en las que se emplean signos y símbolos que han de ser inteligibles para acercarnos más significativamente al encuentro con Dios.

 

Intentaremos acercarnos brevemente a ellos.

 

Decíamos que nos comunicamos a través de los símbolos cuando por ambas partes se conoce el significado. Recordemos el ejemplo anterior de la mano: porque los dos lo entendimos, nos comunicamos, nos saludamos. Pues para conocer los sacramentos sería necesario comprender el carácter simbólico de los mismos; es decir, comprender lo que se está expresando.

 

Dice el Concilio Vaticano II (DV 2) que Dios se ha revelado a través de hechos y palabras íntimamente unidas de modo que los hechos confirman las palabras y éstas aclaran los hechos. El sacramento tiene una estructura análoga: por una parte hay una acción litúrgica y por otra una palabra de fe.

Esta única realidad, la del sacramento, se ha expresado de forma diferente a lo largo de la historia. En la Edad Media, la Escolástica ve el sacramento según el siguiente  esquema que vemos con el ejemplo de la eucaristía:

 

Eucaristía:

 

1.   Materia: pan y vino

 

2.   Forma: palabras de la consagración.

 

¿Cómo se expresa hoy la teología cuando habla de los sacramentos? Se parece a lo que entendían ya los Padres de la Iglesia, aquellos escritores eclesiásticos de los siglos primeros (I-VII). Ellos decían que los sacramentos eran celebraciones simbólicas donde se producía el encuentro del hombre con Dios y este encuentro se expresaba simbólicamente. Para los Padres, la materia de los sacramentos era siempre el hombre que iba a ser transformado.

 

Y la forma era la Palabra de Dios aceptada por la fe que transformaba al hombre. Por ello, para que hubiera sacramento se requería un hombre que deseara ser transformado por la palabra de Dios. Esa palabra era la palabra predicada  y aceptada por la fe. No se fijaban tanto en las fórmulas rituales, sino en el conjunto de la predicación que el hombre había aceptado.

 

Seguimos con el ejemplo de la eucaristía.

 

Desde el punto de vista de una teología patrística y de la teología moderna, la materia es la comunidad de hombres que escuchando la palabra se convierte y se transforma en pueblo de Dios o en cuerpo de hermanos. Porque el objeto de la eucaristía es la transformación del hombre. La eucaristía hace la Iglesia.

 

La finalidad de la eucaristía es la construcción de la Iglesia. Si esa comunidad humana no se transforma en una comunidad de hermanos que tiene a Dios como único Padre, entonces la finalidad de la eucaristía ha fracasado. (No se quiere decir que no sea válida. Lo que se quiere decir es que la fructuosidad de la eucaristía no llega a lograrse).

 

¿Celebramos la eucaristía para tener al Santísimo expuesto en el sagrario después, para que hagamos una genuflexión, para que encendamos una vela? Si esa es la finalidad de la eucaristía es muy pobre.

 

La finalidad de la eucaristía es la construcción de la comunidad. El pan y el vino se dejan transformar fácilmente  con las palabras rituales. El que no se deja transformar por la palabra predicada de la Iglesia es el hombre porque es libre y, al ser libre, se puede oponer a ser transformado en miembro del pueblo de Dios.

 

El relato de la Última Cena nos dice que Jesús tomó el pan, lo partió, se lo dio. Tomó el cáliz, lo bendijo, se lo dio. Y dijo: “Haced esto en memoria mía”. “Haced”, pero hacer ¿qué? ¿El rito: partir el pan y bendecir el vino otra vez? No. Lo que nos manda es hacer exactamente lo que él ha hecho: partirse, darse, desvivirse, entregarse,  derramarse por los demás. Esa es la transformación que se nos pide: que nos transformemos en aquello que hemos celebrado.

 

Sor Rosa, monja benedictina

 

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Este artículo culmina y resume otros dos que se han publicado anteriormente. Debajo puedes verlos si lo deseas.

 

 


Sobre los Sacramentos por una monja benedictina, 1

 

Nos vamos a detener alguna semana en este apartado de nuestra fe: los Sacramentos.

 

Los sacramentos son ejes sobre los que debe girar una vida  cristiana que se precie como tal. Respondamos, pues, a la primera pregunta que se nos plantea. Los sacramentos: ¿por qué y para qué?

 

Los sacramentos constituyen una relación de Dios con el hombre. Esta relación tiene unas características muy concretas; no es igual que la relación que entablamos entre nosotros, los hombres, para lo cual el instrumento fundamental con el que nos  comunicamos es la lengua (código simbólico)

 

¿Qué lengua habla Dios? Dios no es un hombre; es trascendente, es inaccesible. Resulta imposible una relación inmediata de nosotros con Dios. Sólo es posible una relación mediata (a través de mediaciones). Las mediaciones, los signos intermediarios, los llamamos sacramentos.

 

Veremos distintos aspectos. Son extensos, tal vez, pero preciosos. A mí me cautivó su estudio. Ahora quisiera compartir la riqueza que descubrí.

 

SACRAMENTO es toda aquella realidad que nos evoca otra cosa. Un sacramento, por tanto, es una fotografía: la veo y me evoca la persona que representa. En este sentido, la creación es un signo evocador de Dios.

 

De la belleza de las criaturas se llega, por analogía, al  creador (Sab 13,5). Por tanto, el hombre podría conocer a Dios a través de lo creado; pero no ha llegado. LA SACRAMENTALIDAD DE LO CREADO NO HA CONDUCIDO A DIOS.

 

El sacramento por antonomasia, según el Antiguo Testamento, es el hombre que es imagen y semejanza de Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gen 1,27).

 

¿Qué significa una imagen (para nosotros)? Es una reproducción de una cosa. Una fotografía mía, por ejemplo. Rompen la foto y a mí no me pasa nada. Pero la imagen, en la antigüedad, es algo más profundo. Lo original está presente, de algún modo, en la copia. La copia actualiza, hace presente lo original.

 

“Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” = En el hombre está encarnado Dios mismo. La imagen más perfecta de Dios es Jesucristo. En Cristo sí que se descubre lo que es Dios. Cristo es el punto donde Dios y el hombre se hacen una sola cosa.

 

SACRAMENTO POR ANTONOMASIA DE DIOS ES JESUCRISTO: Los actos y palabras de Jesús son actos y palabras de Dios mismo.

Y la IGLESIA es SACRAMENTO de CRISTO glorificado.

 

(Continuará)

 


Los Sacramentos por una monja benedictina, 2

Recordamos:

 

Sacramento: realidad que nos evoca otra cosa.

 

Creación: signo evocador de Dios.

 

Fotografía: nos recuerda a “X”

 

Sacramento por antonomasia de Dios es el hombre: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gén 1,27).

 

Y la imagen más perfecta de Dios es Jesucristo:

 

En Cristo se descubre lo que es Dios.

 

Cristo es el punto donde Dios y el hombre se hacen una cosa.

 

Cristo fue sacramento cuando era visible. Hoy es mediador.

 

Y el único sacramento que hay es la Iglesia.

 

LA IGLESIA: SACRAMENTO DE SALVACIÓN

 

En la historia de la teología católica se ha tenido la sensación de que era la Iglesia la que salvaba con sus sacramentos. Y no es así. La salvación, la gracia, es obra exclusiva de Jesucristo. La Iglesia no salva; la Iglesia prolonga en la historia la gracia salvadora de Jesucristo.

 

Los Padres de la iglesia (escritores eclesiásticos cristianos, obispos en su mayoría, que van desde el siglo I hasta el siglo VIII) empleaban una imagen: El Sol es Cristo. La Luna es la Iglesia. El Sol (Cristo) tiene luz propia. La Luna (Iglesia) la recibe del Sol (Cristo).

 

Los sacramentos son ACCIONES SIMBÓLICAS en las que empleamos distintos SIGNOS.

 

Símbolo es una palabra griega que significa “unir lo que estaba separado”. Un símbolo es una contraseña.

 

Signo es una señal que informa.  Signos naturales (humo: signo de fuego;  estornudo: signo de catarro…).

 

No todo signo es símbolo. El símbolo es también signo.

 

Los sacramentos son los símbolos con los que Dios establece su comunión con nosotros. Intentaremos acercarnos a ellos.

 

(Continuará)

 

Sor Rosa, monja benedictina

 

(Continuará)

 


Escribir comentario

Comentarios: 4
  • #1

    suresteazul@gmail.com (viernes, 30 marzo 2018 23:21)

    Podría escribir algún comentario a la at. de Sor Rosa ?
    Enrique,de Elche.

  • #2

    Sor Rosa (sábado, 31 marzo 2018 11:29)

    Hola Enrique, claro que sí. Feliz Pascua

  • #3

    Enrique (sábado, 31 marzo 2018 23:25)

    Estimada hermana,
    Hace mucho tiempo que busco a Dios sin éxito,a veces pienso que no sabe nada de mí porque no he sabido contactar con Él en la frecuencia correcta.Todo mi empeño inútil, sin llegar a su destinatario.Quizá por eso me ignora o quizá se esconde de mí por otros motivos.
    Aún así me gusta sentarme frente al Sagrario y siempre empiezo diciendo: "Estás ahí? Por si me escuchas quisiera exponerte algo...

    Perdón por el comentario,quizá lo considere improcedente pero no hay muchas ocasiones para hablar de estas cosas.
    Saludos,Enrique.


  • #4

    Rosa (sábado, 14 abril 2018 21:16)

    “Bienaventurados los pobres…, porque de ellos es el reino de los cielos”.
    1. El pobre de espíritu no quiere nada.
    2. El pobre de espíritu no sabe nada. Simplemente se confía a Dios.
    3. El pobre de espíritu no tiene nada pues nada le pertenece. Comprende que le ha sido prestado todo de lo que goza.
    La pobreza de espíritu es un camino hacia la libertad interior y la verdadera felicidad.
    Pero es también una PROMESA. Es una promesa para quienes no poseen nada y se sienten impotentes ante Dios, quienes tienen la sensación de no poder presentar a Dios ni siquiera un camino espiritual, quienes se sienten pobres, vacíos, oprimidos… En medio de su pobreza y de su sufrimiento escuchan la promesa de Jesús: EXPERIMENTARÁN LA PARTICULAR CERCANÍA DE DIOS. Esto transforma su condición necesitada. Ya no se sienten abandonados, sino en sus manos. Pueden experimentar que Dios mismo se dirige a ellas de modo particular.
    Quien es pobre renuncia a mantener las riendas de todo y a controlarlo todo en su interior. Está abierto al señorío de Dios. Encuentra su verdadero yo allí donde Dios reina en él. La actitud de la pobreza es estar sencillamente presentes, de un modo desinteresado, disfrutar de cada instante, ser agradecidos por lo que existe. Esto basta.
    Quien es pobre vive desde una convicción que es así mismo un deseo: CONTIGO, SEÑOR. Llévame a donde quieras y como quieras. PERO CONTIGO, SEÑOR.