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SOLO EL : viaje espiritual hacia la vocacion de Pedro y de su hermana Sor Ernestina, monja de nuestro Monasterio


A partir de ahora publicaremos fragmentos de los libros escritos por Sor Ernestina y su hermano Pedro comenzando por el primero, titulado “Viaje a la intimidad de una búsqueda de Dios – Sólo Él” que describe el viaje espiritual que ambos realizaron desde la increencia juvenil hasta el cristianismo pasando por el budismo y otras prácticas, como tantos otros jóvenes de nuestros días.

 

En forma de diario autobiográfico y de cartas cruzadas entre ellos, el libro relata la búsqueda vital y ......espiritual de los dos hermanos, separada pero al mismo tiempo unida por el amor filial y por la Luz que ambos encontraron en el cristianismo, cada uno a su manera y en sus propias circunstancias.

 

A Ernestina el yoga y un monje de Silos la condujeron al descubrimiento de Jesús y le mostraron el camino hacia la vocación de monja benedictina cuyos comienzos relata el libro. Abandonó su exitosa carrera como médico y cambió la vocación de servir a los demás desde su profesión por la de servirles desde la vida contemplativa siendo monja.

 

Pedro, en cambio, encontró su propia vocación manteniéndose en su trabajo en el Ministerio, donde actualmente continúa, y como seglar comprometido en la búsqueda y la difusión de la Verdad.

 

Comenzamos la serie con la dedicatoria y el segundo capítulo del libro donde habla Ernestina de su carrera como médico y de sus primeros pasos hacia la vocación religiosa que la conducirían finalmente a la profesión como monja en nuestro Monasterio de Santa María de Carbajal.

 

Si quieres leer el segundo fragmento publicado PULSA AQUÍ

 


 

DEDICATORIA:

 

         Cuando recibí tu carta comunicándome que habías ofrecido a Dios la mitad de tu fe para aumentar la mía –inexistente- y ser, entre los dos, una fe completa; comprendí que me brindabas una nueva oportunidad y quedábamos irremediablemente unidos para siempre.

                                      Dedicamos estas líneas a todos los jóvenes que, lanzados a un mundo oscuro, sin sentido, sin comerlo ni beberlo, se ven obligados a actuar, a vivir. A todos los que todavía no tienen OJOS PARA VER EN LA OSCURIDAD.

 

 


 

Capítulo II

 

II

TERMINO LA CARRERA DE MEDICINA y, después, viene la especialidad en Endocrinología, Metabolismo y Nutrición, en el Hospital Clínico de Madrid y la plaza de Adjunto en el Hospital General de Guadalajara.

          Durante todo este tiempo el yoga me fue introduciendo, cada vez más, en la meditación, el silencio, el desapego..., pero siempre me quedaba una sensación de insatisfacción, de que no era aquello lo que yo andaba buscando o, que si lo era, no del todo, faltaba algo más: ¿Qué sería? ¿Adónde ir a buscarlo?

          Casi por casualidad, y por no desairar a una amiga, acepté una “oferta”: siete días de ejercicios espirituales cerca de Sevilla dirigidos por el P. Larrañaga.

          No tenía ninguna intención de realizarlos seriamente. Pensé que, como eran en silencio, yo me podría dedicar a practicar mi yoga sin seguir el ritmo general y, además, “siete días se pasan pronto”.

          Con esta idea empecé el 30 de septiembre de 1987 lo que denominé, posteriormente, “mi primer encuentro con Dios”.

          Es difícil, imposible, expresar lo que aquello supuso: el descubrimiento de Dios-Padre, un sentimiento de plenitud de amor derramado, inesperadamente, sobre mi persona y de forma gratuita e inmerecida.

          Mirada, abrazo, presencia, encuentro... Todas estas palabras quizás se aproximen un poco a la experiencia. “Algo” que me invadió y produjo una mezcla de gozo y extrañeza. Gozo porque veía colmada la búsqueda de ese “más”, extrañeza porque no estaba programado en mi pensamiento, no entraba dentro de mis planes. Yo no había ido allí para encontrarme con nadie y mucho menos con un Dios Padre.

          Me viene bien tener a mano lo que fui escribiendo aquellos días, me ayuda a vivirlo de nuevo:         “Aún en la oscuridad, pero ¡tantas puertas abiertas de golpe! Las luces deslumbran, pero el toque delicado, la ternura de Dios y de su mirada me mantienen en paz”.

          Es muy dentro, muy profundo, en la máxima soledad, donde vivo algo diferente que hace nuevo y distinto todo: “¿Qué me hace sentirme otra, diferente, si es el mismo barro, si es el mismo amanecer? Que es nuevo el alfarero que modela y el barro, que despierta, acepta acoger una nueva forma, una nueva luz”

          Pero no todo es gozo hay también mucho dolor: “Atornillada, amurallada y anquilosada... tengo que desenroscar y estirar el alma hasta que muera. Noche oscura y cerrada que no deja pasar la luz, llorar y llorar... inseguridad, vacío, silencio, desierto sin oasis, tempestad sin calma. Sigue aún, ¡y más!, el hambre sin pan y la sed sin agua, el esperar sin esperanza”.

          La noticia de Dios me ha puesto en marcha, pero presiento que es con “mi polvo y mi sangre con los que habré de fortalecer las alas que me permitan despegar”.

          Recuerdo que, durante los días siguientes, se fueron sucediendo una serie de altibajos tremendos que me zarandeaban de un estado de ánimo a otro: “El cuerpo encogido y las manos cerradas dan paso, en otros momentos, a fluidez, fuerza, confianza, amor”.

          El último día se hacía un retiro de unas 4-5 horas. Escogí unos salmos para rezar y sus palabras resonaban en mi con profundidad y emoción: “El Señor es mi pastor, nada me falta”(salmo 22), “ Como busca la cierva corrientes de agua viva, así mi alma te busca a ti, Dios mío” (salmo 41).

          Al final escribí, como resumen de esta experiencia: “Cansada de buscar y de volar y presiento que sólo ¡estoy empezando! El camino está trazado, ¡pero hay que caminar! Volar con el viento y apuntar muy alto. Traspasar las nubes, desintegrarse para unirse al sol. Dios me pide paciencia y yo se la pido a él, me pide amor y yo se lo pido a él. Que tenga paciencia conmigo, que me ame porque yo sigo aún en mi cárcel, apresada, incapaz de volar”.

          Cuando regresaba a casa me preguntaba: si hay alas, espacio y la jaula abierta, ¿por qué no podré despegar? Y me respondía yo misma: falta fe, confianza en Dios y en su Palabra.

          El yoga me había conducido de nuevo a Jesús. Esto, que pudiera parecer una paradoja, no lo es tanto. La interiorización, la búsqueda, me llevaron a mirar cada vez más dentro de mí, hacia lo profundo de mi misma. Escuchando en el silencio descubrí a un alma sedienta y hambrienta de Dios y, “ si hay sed tiene que existir el agua capaza de calmarla”.

          Mi deseo no la había satisfecho oriente porque sobre mí había sido pronunciado el nombre de Jesús, grabado como un sello y, aunque olvidado durante muchos años, empujaba con fuerza para abrirse paso y hacer oír su voz.

          Sin embargo, ya no era el Jesús infantil, ni el adolescente, sino un Jesús maduro, purificado por las inclemencias del tiempo y las piedras del camino.

          La otra gran experiencia de aquellos días fue el encuentro con la Palabra de Dios: los salmos, los Evangelios, el Antiguo Testamento. Una Palabra que a veces me resultaba difícil de comprender, disfrutar, rumiar, aceptar, vivir... Aquello no era como los libros que había leído hasta entonces. Estas palabras tenían tal profundidad y fuerza que me iban transformando y se realizaba en mí lo que decían. No sólo me informaban o hacían constataciones sino que esas palabras me iban haciendo a “su imagen y semejanza”.

          Se despertó en mí un gran deseo de estudiar y conocer en profundidad la Biblia porque estaba convencida de que aquello significaba conocer cada vez más a Dios y entrar en relación con él.

          Con este objetivo me apunté a un Curso Bíblico a Distancia que duraba tres años y en el cual se profundizaba en toda la Sagrada Escritura.

          En el verano del primer curso se convocó una reunión de una semana en La Coruña para que los estudiantes nos conociéramos un poco. Allí tuve la oportunidad de realizar uno de mis “sueños”: poder hablar con un monje.

          El primer día fueron las presentaciones y se hizo un gran silencio en mí cuando oí: fray..., monje de Santo Domingo de Silos. Le perseguí con los ojos durante los primeros días y siempre le encontraba repartiendo sonrisas, sencillez, servicio y espontaneidad.

          Describirle me resultaría difícil. Es un entusiasmo, un gozo, una vivencia y un cariño que llaman la atención a cualquiera que le conozca. Trasmite a Dios sin él sospecharlo y en esto reside su fuerza.

          Recuerdo que, cuando Pedro le conoció unos meses más tarde, quedó también sorprendido por su personalidad y, sobre todo, cuando le dijo: “Vamos a hacernos hermanos y formar un “trío”, nos santificaremos o condenaremos juntos. Somos los tres ángulos de la base de una pirámide que busca a Dios, su vértice”. Y en un momento de euforia nuestro amigo lanzó un pulso: “¡O los tres zen o los tres monjes! ¿Quién podrá más el Buda o Cristo?”

          ¡Vaya sorpresa! Yo imaginaba a los monjes como seres espirituales, alejados de todo lo que supone “el mundo material” y él, no sólo actuaba como los demás, sino que se entregaba a las actividades cotidianas tales como comer, hablar, reír... con más ilusión y entusiasmo que nosotros. Y, sin embargo, ¡qué misterio!, todo en él apuntaba hacia Dios, toda su figura conducía al Creador; a través de sus gestos, pobres y sencillos, ese hombre hablaba de trascendencia.

          Pronto empezaron los primeros contactos deseando conocerlo mejor. Y un día, llena de emoción, le dije: ”Yo quiero ser como tú”. Sin embargo, el curso terminó y cada uno tenía que volver a su casa. Me sentía algo triste y desconcertada, pero él me animó a seguir buscando y a que fuera a su monasterio.

          A los pocos meses acepté la invitación y pude entrar en contacto con lo que fue mi “tercer gran descubrimiento”: la Liturgia.

          Me di cuenta de que en ella se concretaba mi encuentro con el Padre y, sobre todo, el de la iglesia, la humanidad, la creación con Dios.

          Era un camino real que me sumergía en una actitud de acción de gracias, de alabanza, de súplica, que me acompañaba todo el día y que lo llenaba de sentido y alegría.

          De esta manera y, poco a poco, había ido descubriendo lo que fundamentalmente supone una vocación monástica: la oración, el silencio, la búsqueda de Dios, la Lectio divina, la liturgia.

 

Fragmento del libro

VIAJE A LA  INTIMIDAD  DE UNA  BÚSQUEDA DE DIOS – SÓLO ÉL
Sor Ernestina Álvarez Tejerina,  monja benedictina y 
Pedro Álvarez Tejerina

(Si quieres leer el segundo fragmento publicado PULSA AQUÍ)

 

 

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