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¿OPTAR POR LA VIDA CONSAGRADA?

Hoy damos la palabra a Sonia, una joven valiente que escuchó la llamada del Señor y decidió arriesgarse y seguirla. Después de una experiencia en nuestro Monasterio no dudó ni un minuto para dejar su trabajo, su familia y sus amigos y venirse a León para discernir si de verdad éste era su sitio. 

 

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QUÉ ESTÁ SUPONIENDO PARA TI EL OPTAR POR LA VIDA CONSAGRADA?

 

 Creo que el empezar un nuevo camino en el curso de la propia existencia siempre conlleva una multitud de sentimientos y reflexiones, además de las inevitables dificultades que acompañan cualquier cambio y que son elementos necesarios para afinar nuestra personalidad y mejorar nuestra actitud frente a las situaciones y desarrollarnos como seres humanos.

 

Lo que es verdaderamente importante al elegir nuestra trayectoria de vida es la motivación que nos inspira e impulsa, porque de ella dependerá el éxito o el fracaso de las iniciativas que vamos a emprender. 

 

Al optar por la vida consagrada no estamos eligiendo una carrera profesional, que puede gustarnos más o menos o proporcionarnos enseguida dinero y beneficios materiales (motivaciones que si bien válidas en principio, pueden debilitarse y perder de significado con el tiempo y las experiencias de la vida), sino estamos respondiendo a una vocación, a una llamada de Dios mismo, que en su inconmensurable Amor, “nos ha elegido y nos ha destinado para que vayamos y demos fruto” (Jn 15:16).

 

Una definición de vocación es: “la vocación apunta hacia aquello que queremos hacer y lograr como individuos en esta vida, hacia lo que nos proporciona satisfacción y le da sentido a nuestras vidas. Así, cuando encontramos nuestra vocación, logramos entender mejor quiénes somos, qué queremos, hacia dónde vamos y para qué somos útiles”; definitivamente podemos afirmar que la vocación implica la razón y el fin último de nuestra existencia.

 

Emprender el sendero de la vida consagrada para mi significa avanzar hacia la máxima plenitud de mi ser, que se cumple en la unión permanente con Dios y que desemboca en verdadera felicidad y vida eterna (Jn 14:23; 17:3; Sal 1:1-3). Esta motivación, que trasciende todo lo que la simple mente humana puede abarcar, es un fundamento sólido e inamovible para siempre y en todas circunstancias, a igual de la casa edificada sobre la roca (Mt 7: 24,25).

 

Considero esta llamada, que se manifiesta en un intenso y persistente deseo de aproximarme a Dios, un don inmerecido e inmensamente precioso, un tesoro de valor incalculable, por lo que estoy profundamente agradecida a nuestro Señor, que me ha salvado con su Piedad, que ha llenado mi corazón con su Amor y con el don de la fe, que me ha abierto la “puerta estrecha” y que me está  enseñando “el camino que conduce a Él, a la Verdad y a la Vida” (Mt 7:13,14; Jn 14:6).

 

Dios es amor” (1 Jn 4:8), así que consagrarle nuestra vida significa establecer un profundo y permanente vínculo de amor con Él (1 Jn 4:16; Dt 6:5), a el que “tanto amó al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16), y gozar de la seguridad de que no hay bien mayor que hacer Su voluntad en vez de la nuestra, es decir despojarnos de nuestro “yo” anterior para revestirnos del “Hombre Nuevo creado según Dios (Ef 4:22-24; Col 3:5-10).

 

Podría parecer que Dios pretenda un esfuerzo notable por nuestra parte, en fin se trata de cambiar nuestro modo de pensar, de actuar, de vivir! Pero os aseguro que es todo lo contrario!

 

Es verdad que optar por la vida consagrada implica dejar atrás nuestra vida anterior, pero lo mismo se verifica cada vez que hagamos una elección importante: para lograr esto, tenemos que renunciar a aquello, y por supuesto que renunciamos alegre y voluntariamente a todo lo que sea para alcanzar nuestra meta cuando merezca verdaderamente la pena! De la misma manera puedo reafirmar las palabras del apóstol San Pablo: “lo que antes consideré ganancia, lo tengo ahora por pérdida a causa de Cristo. Más aún, juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Flp 3:7,8).

 

Esto sucede porque cuando nos ponemos en las manos de Dios, “Él nos concede la fortaleza interior mediante la acción de su Espíritu y hace que Cristo habite por la fe en nuestros corazones. Y que de este modo, arraigados y cimentados en el amor, podamos comprender con todos los santos la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conozcamos el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. Y que así nos llenemos de toda la plenitud de Dios.” (Ef 3:16-19).

 

Además Jesús mismo nos aseguró con estas amorosas palabras:venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os proporcionaré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porqué mi yugo es suave y mi carga ligera.” (Mt 11:28-30)

 

Entonces puedo afirmar que optar por la vida consagrada constituye para mi motivo de amor, esperanza cierta, paz, descanso, alegría, fuerza, equilibrio, estabilidad y da pleno sentido a mi existencia.

 

No tengo miedo a las dificultades que puedan presentarse a lo largo del sendero, ni a mis propias debilidades, porque si en Él confiamos, el Señor “endereza nuestras sendas” (Pr 3:5,6) y nos ha brindado un instrumento infalible y poderoso para superar todo tipo de obstáculo: la oración, el canal directo de comunicación con Dios, siempre abierto y disponible para pedir, suplicar, consultar, agradecer, alabar. Gracias a la oración puedo vencer todos mis temores y dejar atrás las preocupaciones y sobre todo no me siento sola nunca jamás!

 

San Juan dijo :”Ésta es la confianza plena que tenemos en él: que si le pedimos algo conforme a su voluntad, seguro que nos escucha. Y si sabemos que él escucha todo cuanto le pedimos, también sabemos que tenemos conseguido todo lo que hayamos pedido.” (1 Jn 5:14,15)

 

Y el apóstol Pablo nos aconsejó :”No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera toda inteligencia, custodiará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús.” (Flp 4:6,7)

 

Quizás hoy en día optar por una vida consagrada no sea considerada una alternativa muy popular, pero para mi significa quitarme las cargas de todo lo malo que hay en mí, para asomarme al camino hacia todo lo bueno, bondadoso, hermoso, pacífico y amoroso que nos proporciona Dios nuestro Padre Celeste y convertirme también en instrumento de transmisión de su Palabra de salvación, aquella luz que hoy como nunca nuestro mundo perdido necesita. (Jn 1:9)

 

Sonia, aspirante

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