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VIDA EN CRECIMIENTO

San Benito nos habla en el capítulo 58 de su Regla sobre la admisión de los aspirantes a abrazar la vida monástica, es decir, de los posibles nuevos miembros de la comunidad. El que solicita ser admitido como monje dispondrá de un tiempo de prueba en la hospedería y noviciado, para confirmarse en su propósito bajo la guía de un “anciano”. Al término del mismo (un año en la época de San Benito, hoy más de cinco), el novicio y la comunidad ponen fin a la prolongada deliberación y llegará el momento de comprometerse para siempre mediante la profesión monástica. “El que va a ser admitido prometa delante de todos estabilidad (stabilitas), conversión de costumbres (conversatio morum suorum) y obediencia (oboedientia)…” (RB 58, 17).

 

De los tres elementos el único que no ha sido objeto de polémicas es la obediencia. Sobre la stabilitas podemos afirmar su significado: estabilidad, perseverancia, constancia, firmeza, permanencia en un lugar.

 

Sin embargo, sobre conversión de costumbres se han propuesto diferentes interpretaciones. Hacemos nuestra la conclusión a la que llega el P. Colombás: “La promesa de conversión de costumbres se refiere a un cambio en profundidad que debe verificarse en el decurso de la vida entera vivida en el claustro” (Colombás, Aranguren, La Regla de San Benito).

 

El monje se compromete no sólo a renunciar a las costumbres mundanas, sino también a volverse francamente hacia el Señor y avanzar resueltamente por el camino trazado por el Evangelio y la Regla. De hecho podemos decir que el novicio al cabo de un tiempo de prueba y reflexión promete la perseverancia en la vida monástica vivida en el seno de una comunidad, caracterizada por un constante progreso en la adquisición de virtudes y por la obediencia a Dios mediante la docilidad a los preceptos de la Regla y el abad.

 

¿Qué implica la conversatio morum suorum? Incluye los aspectos fundamentales de la vida del monje no como conjunto de obligaciones fijas y delimitadas de una vez para siempre, sino como una vida en constante crecimiento en la oración, en la lectio divina, en la caridad fraterna, en la pobreza, en la participación de los sufrimientos de Cristo por la paciencia, en la humildad, en la misericordia con los que sufren, en el anhelo espiritual, de la vida eterna, en el gozo en el Espíritu Santo.

 

Y es que el monje “al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela por el camino de los mandamientos de Dios” (RB Pról. 49). Cuando haya remontado los distintos grados de humildad, llegará pronto a ese grado de amor a Dios que, por ser perfecto, echa fuera todo temor. Cuanto cumplía antes no sin recelo, ahora comenzará a realizarlo sin esfuerzo, como instintivamente…, por amor a Cristo, por la costumbre del bien y por el gusto de las virtudes (cf. RB 7, 67 – 69).

 

Una anécdota puede ser expresiva en el tema que nos ocupa. Un joven, próximo a ingresar en un monasterio, escuchaba una y mil veces la misma pregunta: ¿Por qué ir a un monasterio? Su respuesta era: “Quiero crecer hacia Dios. Lo que a Dios no me lleve, ¿para qué?”.

 

¿Podríamos nosotros hoy dar nombre al móvil de su vocación monástica? 

 

(Sor Rosa Moreno; publicado en la Revista Pax en agosto 2010)

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