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SOLO ÉL (2): Sor Ernestina cumple su vocacion de ser monja en el Monasterio benedictino de Leon

Continuamos la serie de artículos basada en los libros publicados por la monja de nuestro Monasterio Sor Ernestina y su hermano Pedro Álvarez con otro fragmento perteneciente a su primer libro, “Sólo Él. Viaje a la intimidad de una búsqueda de Dios”.

 

El texto arranca con unas notas en el diario de Pedro sobre su estado de ánimo y el combate espiritual que libraba en aquél momento desde la práctica del budismo zen.

 

Luego sigue una hermosa carta que Pedro les escribe  a sus padres pidiéndoles que no se opongan a la intención de Ernestina de abrazar la vida contemplativa y a su vocación de monja benedictina en el Monasterio de León.

 

Y finalmente es la propia Ernestina quien escribe a sus padres dejándonos un conmovedor testimonio del misterio que hay tras toda vocación religiosa y cómo Dios actúa tanto en quien profesa como en sus familiares.

(Si quieres leer el primer fragmento publicado PULSA AQUÍ)

 

Habla Pedro:

            6 de mayo. Una noche, poco antes de comenzar esta reflexión, me desperté y vi claramente como mi vida había sido una larga huida de mí mismo, un constante no querer verme, un no desear preguntarme: ¿qué quiero?, ¿qué siento? Por esto me escondí en el zen, en un templo, en un trabajo desenfrenado, en practicar el Dharma sin mirarme, en concentrarme para escapar.

            Ahora me doy cuenta de que no he aprendido nada en todo este año. Al pasar unos días solo, he comprobado que no sé vivir sin horarios, sin tener que luchar, sin resistir, sin tirar o subir al carro de los demás. El deseo, el ansia, el miedo, están en mí y no sé cómo manejarlos, he perdido mucha práctica. Este periodo ha sido un paréntesis para volver a donde estaba antes, pero más cansado y con menos ilusión.

            Siento fobia a volver a nuestra finca, a enfrentarme a “eso” que aparece nada más terminan los entretenimientos, incluso tengo miedo a zazén -mi gran amigo-, a comer, al silencio, a escribir, a ir a casa, a volver al túnel; pero también temo no volver y perder el tiempo.

            Siento una gran liberación: lo que me parecía tan difícil lo he realizado y no me da excesiva pena. Ahora se abren muchos temas sobre los que reflexionar: ¿por qué concentrarme? De ella no nace la sabiduría porque una vez que termina surge lo que siempre estuvo y, como tienes menos práctica en su trato, te encuentras más perdido. He estado un año viviendo según un orden estricto, pero llevo tres días solo y no me hago ni la cama, ni friego después de comer, ni... Necesito volver al zazén, pero si es así..., ¿qué es este zazén-droga? ¿Dónde está la sabiduría, la visión cabal?

            Soy consciente de que aún no he empezado a practicar, lo único que he hecho es reprimirme y hacerme daño, pero: ¿qué significa estirar el ego?, ¿abandonar cuerpo y espíritu? Creo que las reglas, los templos pueden ser distracciones para no vernos, ¡qué difícil conocernos! Incluso cuando nos sentamos en zazén realizamos cosas para no observarnos y en el templo hacemos trabajos para escondernos. Todo se puede utilizar para la vía o para la no-vía. Duermo, veo la televisión, tarareo canciones..., para no verme. ¿Cómo se mira dentro? Después de cinco años no sé nada. Necesito encontrar el cogollo y no lo descubro. Todo son distracciones, incluso este diario es desviarme del asunto, leer es también apartarme. ¿Cómo mirarse?, ¿cómo puede el ojo verse a sí mismo?            Hago el voto de iluminarme, por difícil que sea. ¿Qué haré a partir de ahora? ¿zen? ¿Vagabundo? ¿Burócrata?

 

            Siempre que se cierra un camino aparece otro más radiante y luminoso, la vida continua...

 

Q

ueridos mamá y papá: Acabo de enterarme de que Ernestina, por fin, ha confirmado su vocación religiosa y me parece un gran motivo de orgullo que haya sido llamada a esa vida de amor y entrega.          

            Por favor, no dramaticemos y pensemos en los miles de religiosos que hay en el mundo y más concretamente en nuestra familia; pensemos en ella y ayudémosla.  

            Demos gracias a Dios porque ella podrá, a partir de ahora, hablarle al oído de su amada familia y reflexionemos que la tristeza, la melancolía, cuando nos ofrecen un regalo como este es un gran pecado, una falta de gratitud.

            Acordémonos de la gente que tiene, de verdad, motivos de preocupación. Y, por favor, hablemos, planeemos, colaboremos a que esta incipiente vocación pueda culminar y, si no, seguro que, algún día, nos arrepentiremos...

 

SOLO ÉL

Ernestina:

I

YA EN FEBRERO os había anunciado que quería dejarlo “todo” para seguir a Jesús de forma radical. Mi deseo era ingresar como monja en las benedictinas de León, pero debía esperar hasta julio para dar tiempo a la familia, y dejar el puesto de trabajo atendido.

 

En casa siguen insistiendo en que yo era más útil atendiendo a los enfermos y curándoles que yéndome a un monasterio a “encerrarme”.

 

Es difícil entender que Dios existe, que llama para simplemente “estar con él”, que te elige para lo que él quiere y a quien quiere y no tiene nada que ver con lo que los hombres pensamos que es mejor o más útil.

 

El mayor regalo de Dios y la más certera prueba de su amor fue el regreso de Pedro a casa. No sabíamos que planes tenía, pero su sola presencia física ya nos alegraba y además podíamos intuir un cambio.

 

Un día, como el que se libera de un gran peso, me dice que tiene una hernia inguinal y que tienen que intervenirle. Había pensado hacerlo en Requena, sin decírselo a nadie -para no meternos en ese fregado-, pero gracias a Dios no lo hace.

 

Le llevo al Hospital General de Guadalajara y le interviene un compañero. Permanezco en todo momento a su lado ya que su estado físico y emocional no es optimo.

 

Como despedida y para que nos quede a todos “buen sabor de boca” preparo una excursión a Turquía. Lo pasaremos muy bien, es “nuestro último viaje junto” con toda la carga emocional que eso conlleva.

 

            Estambul, Santa Sofía, las compras en el gran Zoco, el paseo en barco por el Bósforo, el Cuerno de Oro, el reflejo de Asia en las aguas del mar, la Capadocia con sus iglesias excavadas en las piedras, la blancura de Pamukale, las ruinas de Éfeso. La comida tremendamente picante del primer día, los taxistas, las cerezas, los bocatas de pescado del puerto, los sefardíes...

 

            El once de julio es el día elegido para cumplir mi vocación de ser monja y entrar en la comunidad monástica. Me llevan María Jesús y Pedro. Papá y mamá se quedan en casa llorando.

 

            Atrás dejo: una carrera, un buen puesto de trabajo, una búsqueda ardiente de Dios, un  tiempo de discernimiento, de oración, de incomprensión, y las angustias de última hora...

 

Un año de difícil espera que procuré llevar en silencio, paciencia y súplica. Sentí la fuerza de Jesús y conté con la suficiente fortaleza para emprender este nuevo camino.

 

Comprendí que sólo él podía darme la verdadera felicidad a mí y a mi familia. Que cambiaría sus lágrimas en alegría, que cuidaría mucho mejor que yo a mis enfermos, a mis sobrinos; que estando Dios en medio nada había que temer.

 

            El día señalado, solemnidad de San Benito, entro en el monasterio de Santa María de Carbajal en León. La mano del señor es poderosa, ¿quién lo puede poner en duda?

 

            Abro una puerta y cierro otras detrás de mí. Delante de mis ojos un vasto horizonte, todavía algo misterioso. Como en todo punto de inflexión de la vida: lloros e ilusión, dolor y esperanza, despedidas y encuentros. Pero también, y más importante, una atalaya desde la cual contemplar por donde había transcurrido mi realidad hasta entonces...

 

E

n primer lugar quiero agradecerte tu carta, papá, porque es una buena forma de comunicación y a mí siempre se me ha dado bien escribir.

 

            Voy a haceros un pequeño resumen de los acontecimientos más importantes de mi vida. El día de mi Primera Comunión -apenas seis años- le dije a Jesús una cosa que nadie ha sabido nunca: —Jesús, yo estaré siempre contigo, vayas a donde vayas.

 

Luego vino una época, a partir de la salida del colegio, en la que esas ansias espirituales y de amor a Dios quedaron apagadas por la gran avalancha de cosas que nos ofrece el mundo. ¿Qué drogas nos distribuyen que nos mantienen dormidos y tranquilos? ¿Qué es lo que apaga la semilla del bautismo? Eso, sea lo que sea, también actuó en mí y olvidé mi promesa de los seis años.

 

            Pero Dios no nos deja “está siempre a la puerta esperando a que abramos” y se sentó a esperarme.

 

            No ha sido nada fácil esta decisión. Salta a la vista. ¡Romper con toda una vida ya hecha! No quiero hablaros de mi dolor, porque ya tenéis el vuestro.

 

¿Quién podría haber hecho a Abraham, a sus casi cien años, ponerse en marcha hacia una tierra desconocida o sacrificar a su propio hijo Isaac, al que tanto amaba? ¿Quién podría haber hecho que Jesús muriese en la cruz por todos los hombres? Sólo Dios, únicamente él es capaz de dar la vuelta radicalmente a una vida. Todos los hombres del mundo juntos no hubieran podido hacer que abandonase lo que constituía mi felicidad hasta ese momento. Pero Dios tiene una fuerza tan grande que es capaz de “mover montañas”.

 

Sin embargo esto nos ha producido un gran pesar. ¿Ha tenido o tiene alguna utilidad este dolor? Creo que sí, al menos para mí. Al verme tan sola, abatida, con una sensación continua de nausea y muerte, no he tenido más remedio que recurrir a Dios, mi Padre. Él ha sido lo único que he tenido estos días. Hasta diría que me ha hablado (como hacía a los Profetas).

 

Respecto a vosotros también creo que será provechoso este dolor, quizás os una más y con Dios.

 

            Nada más, lo único que siento de todo esto es el daño que os pueda hacer. Pero espero que, aunque no lo entendáis ahora, llegue un momento en que estéis orgullosos de mí y aún tengo la esperanza de oír aquellas palabras de papá (que recuerdo casi diariamente) cuando me iba a examinar en Toledo: ¡¡Hala valiente!!

 

O

s voy a contar un poco lo que hacemos. Nos levantamos a las seis y media de la mañana y tenemos oración hasta las nueve y media. Son Maitines y Laúdes y, entre medias, una hora de “Lectio Divina” (lectura de la Biblia).

 

A las nueve y media el desayuno y después tengo clases hasta las diez y media, sobre la Regla de San Benito, la Liturgia y Vida Consagrada. De once a una es el tiempo dedicado al trabajo, ahora estoy haciendo algo de encuadernación, unos murales... A la una volvemos al coro a rezar y a la una y media tenemos la comida. Durante ésta se leen diversos artículos de actualidad, documentos del Papa y, a veces, se pone música. Desde las dos a las tres y media tenemos libre para la siesta, escribir cartas, pasear por la huerta... A las tres y media volvemos al coro a rezar y luego está el recreo donde se comentan los incidentes del día -hasta este momento es todo prácticamente en silencio, pero no para mí que hablo con la Maestra de novicias. Luego de cinco a seis de la tarde tengo clases de música y órgano y de seis y media a siete y media tenemos de nuevo la Lectio Divina; a continuación las Vísperas y la Eucaristía. A las ocho y media la cena y de nueve a diez otro recreo. Luego el rezo de Completas y a la cama sobre las diez y media.

 

            Me he adaptado bastante bien a todo y no tengo ningún problema. El día de San Benito tuvimos una fiesta y vinieron muchos familiares. La próxima semana vendrá un monje a darnos ejercicios espirituales. Ya os seguiré contando más cosas...

 

Y

a hace una semana que estoy aquí y las cosas se presentan en su realidad, tal como son. Esto es una vida consagrada a Dios que comporta muchas renuncias y también una alegría y paz profundas y verdaderas.

 

            Me cuesta a veces seguir el ritmo de trabajo, pero en general lo llevo bien. Es sorprendente ver la actividad que desarrollan las monjas. Cualquier persona quedaría “KO” en un día. Desde las seis y media de la mañana hasta las diez y media de la noche no hay un segundo perdido, todo es oración y trabajo.

 

            Impresiona también encontrarse con personas que viven, en profundidad, la unión con Dios. Es un caminar en el que los altibajos existen y también los fallos; pero al final, cuando rezamos la última salve a la Virgen antes de ir a la cama, se siente una paz grande y se hacen realidad los últimos versos del “Nunc Dimitis” de Completas:

 

“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz porque mis ojos han visto a tu salvador...”

 

            Decía al principio que es una vida de renuncias. No es que yo eche de menos grandes cosas, pero sí disponer de tu tiempo, dinero, entrar, salir, comprar...

 

            Aquí es diferente. Yo aún no he penetrado verdaderamente en el espíritu de pobreza que viven las monjas. Se tiene lo necesario, pero nada se despilfarra y comentaba la maestra de novicias que el monasterio ayuda económicamente a varias misiones y organizaciones de caridad.

 

            Lo que más me gusta es que todo se comparte. No tanto lo físico sino lo afectivo y lo espiritual. El amor es verdadero, sincero. Cuando alguien te pregunta: ¿te han llamado de tu casa? Veo que realmente le interesa saber de mi familia.

 

            También, y más importante, nos comunicamos la experiencia de Dios. El otro día estuvimos bastante tiempo comentando: ¿Quién es María para ti? Cada una expresaba su vivencia de la Virgen. Unas como madre, otras como mujer de fe, cumplidora fiel de la voluntad de Dios...

                       

s

eguro que queréis que os cuente cosas. Estoy muy contenta. Sigo en el proceso de adaptación, como es lógico. La monja maestra de novicias es maravillosa, está pendiente de todo hasta de los más pequeños detalles. Me ha forrado los libros, hecho carpetas y lavado, planchado y cosido la ropa En realidad todas me tratan muy bien, pero me gusta porque no es algo especial sino el mismo afecto con el que se relacionan unas con otras. Aquí se llevan a cabo con atención muchas actividades que fuera se infravaloran tales como: cocinar, limpiar, fregar, porque siempre se hacen a disgusto.

 

            Aquí estoy aprendiendo que en todo puedo alabar a Dios: mientras pelo patatas, estoy en oración o trabajando sobre la Biblia. Recuerdo mucho las palabras del Hermano Rafael: “La santidad no está en comer cebollas sino en comer cebollas por amor a Dios”. En fin, que estoy contenta y dando gracias continuamente al Seños por sus beneficios. Me gustaría mucho, lo que más, que también vosotros, estuvieseis contentos.

 

            La vida tiene un sentido. Cada mañana es un don de esperanza y es además el mayor bien que recibe el mundo entero. Hoy nos decía una monja comentando el evangelio: “El apostolado no sólo consiste en hablar de Dios a los hombres sino también, y muy importante, en hablar de los hombres a Dios”.

           

H

emos terminado ya la semana de Ejercicios. Han sido, para mí, demasiado intensos, pero se han tratado cuestiones muy interesantes. Me gustó mucho el tema de la oración, mediante la que podemos dialogar, hablar verdaderamente con Dios. Yo así lo experimento, es una verdadera unión con él. ¿Y qué le digo? La mayoría de las veces le doy gracias y le pido por todos: por vosotros, los niños, Pedro...

 

            Respecto a la confianza en Dios sin límites, decía el Padre que los dirigía: “Hay que saber que todo lo que le pidamos conforme a su voluntad ya está concedido en su corazón aunque aún no en el tiempo”. Pues sé entonces que ya está otorgado lo que más deseo: que estéis orgullosos de mi vocación y mi camino.

 

            Luego habló sobre la virgen María y la búsqueda de Dios. Decía cómo frente al ansia frenética de maravillas fuera de nosotros: dinero, fama, trabajo, viajes...; llevamos un verdadero “paraíso” dentro, es Jesús que está empeñado tenazmente en hacernos felices, en darnos esperanza. Es como el hombre que descubre un tesoro y con alegría vende todo lo que tiene. El único problema que hay con la fe y con la vocación es la necesidad de entregarlo todo, no puedes quedarte con nada...

 

¿Q

ué tal estáis? Por aquí hay mucho movimiento. Tenemos el encuentro federal y han venido monjas de ocho monasterios, desde Galicia, Salamanca, León y Zamora.

 

            Los preparativos fueron laboriosos para acoger a veintidós monjas y todas participamos en ellos, cada una según las tareas asignadas.

 

            Yo me encontraba un poco asustada y sin saber muy bien cómo relacionarme, pero me impresionó con la alegría, amabilidad y cariño con que todas las monjas se saludaban y se me acercaban.

 

            Las conferencias son muy interesantes. Ayer se trató sobre los orígenes del monacato cristiano y la búsqueda de Dios. También se habló del silencio -tan necesario en una sociedad ruidosa-, como lugar de encuentro con uno mismo y con Dios.

 

            Esta mañana comenté con el ponente que vosotros no estabais demasiado contentos con mi decisión y me dijo que Dios nunca hace las cosas a medias. Cuando da vocación a un hijo, da mucha también a los padres y que la soledad del principio es sólo aparente y puede conducir más a Dios, a reorientar la vida.

 

            Voy descubriendo paso a paso el maravilloso regalo del buen Dios para todos nosotros, el valor de una vida con sentido. Quizás la gente se pregunte: ¿qué hacen las monjas? Pero decía el padre que una persona no vale por lo que hace sino por lo que es. ¿Qué es ser monja o ser monje? Una alabanza continua a Dios y un testimonio para el mundo de que hay otros valores diferentes de la fama, el poder, el dinero, el bienestar, el conseguir... como pueden ser: la pobreza, la obediencia, la humildad, la castidad... vividas tal y como las entendió Cristo, cumpliendo la voluntad del Padre...

 

(Si quieres leer el primer fragmento publicado PULSA AQUÍ)

 

¿Y tú no has pensado alguna vez si Dios no te estará llamando a la vida religiosa? Escríbenos si tienes dudas

Fragmento del libro

VIAJE A LA  INTIMIDAD  DE UNA  BÚSQUEDA DE DIOS – SÓLO ÉL

 

Sor Ernestina Álvarez Tejerina, monja benedictina

Pedro Álvarez Tejerina

 

El libro describe el viaje espiritual que ambos hermanos realizaron desde la increencia juvenil hasta el cristianismo pasando por el budismo y otras prácticas, como tantos otros jóvenes de nuestros días.

 

En forma de diario autobiográfico y de cartas cruzadas entre ellos, el libro relata la búsqueda vital y espiritual de los dos hermanos, separada pero al mismo tiempo unida por el amor filial y por la Luz que ambos encontraron en el cristianismo, cada uno a su manera y en sus propias circunstancias.

 

A Ernestina el yoga y un monje de Silos la condujeron al descubrimiento de Jesús y le mostraron el camino hacia la vocación de monja benedictina cuyos comienzos relata el libro. Abandonó su exitosa carrera como médico y cambió la vocación de servir a los demás desde su profesión por la de servirles desde la vida contemplativa siendo monja.

 

Pedro, en cambio, después de una larga e intensa andadura en el budismo zen encontró su vocación cristiana manteniéndose en su trabajo en el Ministerio, donde actualmente continúa, y como seglar comprometido en la búsqueda y la difusión de la Verdad.

 

 

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