· 

Sobre la vocacion a la vida religiosa, la consagracion y profesion monastica y el peregrinaje espiritual de una monja benedictina

2- Una experiencia.

 

Primer interrogante

 

Comienzo recogiendo la pregunta que le hicieron los Judíos a Juan Bautista (Jn 1, 22): “y tú ¿que dices de ti mismo?”, que en este caso se me formularía así, ¿qué dices de tu propia consagración?

 

Si me remonto al  6 de julio de 1996, fecha de mi profesión solemne, ¿qué recuerdo?, ¿qué ocurrió? Creo que en aquel momento no percibí, con total claridad, el significado profundo y completo de lo que realizaba.

 

Entendí mi consagración como algo muy importante, por supuesto, pero quizás como un hecho externo, que me daban desde fuera y que ocurría en un momento concreto de mi historia.

 

Sin embargo, ahora pienso que esto es cierto sólo en parte ya que la consagración debe ser también una experiencia interior mía, algo que me sucede a mí, un acontecimiento que tiene un sentido definitivo en mi vida con una repercusión existencial. Me doy cuenta de la importancia del yo como protagonista y beneficiario de la consagración.

 

Segundo interrogante

 

Vamos a intentar adentrarnos un poco en el conocimiento de los dos protagonistas de la consagración: el ser humano y Dios

 

3- Primera parte: El ser humano

 

¿Quién soy yo, es decir, el “ser” al que Dios se acerca para consagrarle?

 

Soy una persona. Tenemos que acudir a los filósofos para que nos ayuden a entender el significado de esta palabra.

 

3. 1- Singularidad

 

Según Emmanuel Mounier y todo el personalismo, “una persona es una manera de subsistencia y de independencia con un constante crecimiento que desarrolla a impulsos de actos creadores”

 

Es, pues, una realidad unitaria y totalizante que funciona como algo irreductible frente a las demás realidades. 

 

No hay disolución de mi persona como en religiones orientales

 

3. 2- Relacionalidad

 

El primer movimiento que  revela a un ser humano en la infancia es un movimiento hacia el otro. La  persona se funda en una serie de actos de relación, es una presencia dirigida hacia el mundo y hacia las otras personas. Por su radical apertura, el “yo” se enlaza con el “tú” y resulta la pluralidad unitaria del “nosotros”.

 

Las relaciones no nos limitan sino que nos hacen ser y desarrollarnos. La persona va  creciendo, no a base de volcar la atención sobre sí misma, sino tornándose disponible paara la  relación (G. Marcel).

 

Podemos decir pues que, según lo visto hasta ahora, la persona es una subsistencia capaz de entrar en relación con las cosas, con los otros hombres y con Dios.

 

Tercer interrogante

 

Cuando me encontraba escribiendo esto, empezó a entrarme una especie de angustia existencial que justifico dado mi carácter y vocación contemplativa, y me pregunté ¿será el ser humano sólo relación, tendencia hacia fuera, fuerza centrífuga?

 

3. 3- Interioridad

 

Evidentemente que no. Si la persona es movimiento relacional, “ser hacia”, desde otro aspecto, no menos importante, se nos presenta como caracterizada por el latido de una vida secreta, la vida interior, de la que parece destilar incesantemente su riqueza.

 

El tesoro que somos hay que buscarlo en las profundidades invisibles de nuestro ser, no en el reflejo exterior de nuestro obrar.

 

Hay personas tan centradas en la exterioridad que acaban juzgando que todo esfuerzo hacia una interioridad equivale a una huida de lo real, a una debilidad narcisista. Pero el hombre de la pura relación vive como expulsado de sí, confundido con el tumulto exterior que lo distrae, no tiene densidad ni fondo.

 

El ser humano tiene una infinitud interior y la reserva en la expresión, la discreción, es el homenaje que le rinde. La vida personal está ligada, por naturaleza, a un cierto secreto.

 

De aquí nace el concepto del pudor como el sentimiento que tiene la persona de no agotarse en sus manifestaciones, de ser infinitamente más que ellas y expresa así la alegría de descubrir las fuentes interiores.

 

¿Qué persigue este recogimiento en las profundidades? Una presencia. El camino interior es imprescindible para que el hombre esté presente a sí mismo y no quede atrapado por las circunstancias.

Cuanta más consciencia de sí toma el hombre y alcanza por ello mayor conocimiento de su persona, mayor es su capacidad para dirigirse a Dios y relacionarse con los demás.

 

Esto es el comienzo de la conversión, porque sólo así se puede acoger la acción trasformadora de Dios que llega a lo más íntimo de nosotros y se da en el encuentro.

 

Hay pues, en el hombre, dos movimientos uno de interiorización y otro de exteriorización ambos esenciales. El yo sin el nosotros dista de ser verdadero, lo mismo que el nosotros sin el yo.

 

Como dijera Ortega y Gasset, el ser humano es “un dentro que necesita un fuera, a la par que un fuera que necesita un dentro”.

 

3. 4 - Crecimiento

 

No podemos hablar del hombre sin resaltar que es un ser en evolución. No somos un “yo” siempre igual sino que llegamos a ser alguien en un proceso que dura toda la vida. Estamos inacabados,  somos un proyecto, una búsqueda constante de nosotros mismos.

 

Tenemos siempre una insatisfacción, un deseo de…, unas expectativas de mejorar.

 

Siguiendo a Teilhard de Chardin podemos decir que la humanidad está en marcha hacia una personalización y libertad cada vez mayores que es también cierto para cada individuo concreto.

 

La filosofía moderna ha insistido mucho en esto, en la capacidad de realización de sí mismo que es inmanente al hombre. Ello exige un esfuerzo continuo de conversión interior. Mouroux lo expresa afirmando que la persona vive “en una creación contínua” y Gabriel Marcel, diciendo que, “gracias a una fidelidad creadora a sí mismo, el hombre puede avanzar en  su proceso de personalización”.

 

Nada dispensa al hombre de los esfuerzos requeridos para llegar a ser hombre plenamente, esfuerzos que no son sólo cosa de un momento sino que deben prolongarse durante toda la vida.

 

“El hombre es movimiento para ir siempre más lejos de sus límites” (Malebranche)

 

Cuarto interrogante

 

¿De dónde brotan esas exigencias de crecimiento, los impulsos que movilizan nuestra vida?, ¿de la misma naturaleza humana?

 

Ya hemos visto cómo hay en la persona una tendencia a la superación como elevación, como un sobrepasarse, pero los impulsos de crecimiento que la hacen llegar a su destino y plenitud no pueden nacer de la misma naturaleza humana porque ella no llevaría a nada diferente de ella misma.

 

Y nos preguntamos si algo o alguien desde fuera no podría brindar lo que nosotros somos incapaces de proporcionarnos porque lo sobrenatural se nos presenta como lo “absolutamente imposible” pero al tiempo como lo “absolutamente necesario” (M. Blondel).

 

Es la gran paradoja del hombre: estar necesitado de algo que le es inaccesible.

 

Y es en un momento concreto de su existencia, cuando toma consciencia de que es más que sus impulsos y descubre su aspiración trascendente.

 

¡Qué revelación para él entender el carácter propiamente trascendente de las exigencias a las que se ha visto sometido durante su vida!

Se da cuenta de que no es mera consecuencia de sus proyectos,  su saber, o sus técnicas, sino que, por encima de él  existe un Dios personal que le ha creado por amor y le invita a una relación singular de intimidad como participación en su divinidad.

 

La persona es fin en sí misma pero no el final de sí misma, pues queda abierta a lo que la funda y trasciende y debido a esa apertura, es capaz de incorporarse a un proyecto vital que le transciende, como es, por ejemplo, la consagración que se produce en lo más hondo del ser y afecta a la totalidad de su persona,  pero que procede de Dios.

 

Podemos poner el ejemplo de la hormona de crecimiento sobre huesos ya osificados

 

En cuanto mortales somos más grandes por lo que acogemos que por lo que podemos alcanzar y dominar con nuestro esfuerzo.

 

Y así todo hombre va viviendo su historia personal con dos tendencias de sentido contrario: Una a la personalización y crecimiento y otra a la despersonalización, a la dispersión o indiferencia que rebaja el impulso de la vida y detiene su crecimiento.

 

3. 5- Resumen

 

Después de este amplio recorrido que hemos hecho por la realidad de la persona, ¿puedo decir quién soy yo?

 

Sí. Soy una singularidad subsistente por mí misma, con capacidad para relacionarme y también para interiorizarme y con unas exigencias de crecimiento que parten de una realidad trascendente y que me llevan hacia mi plena realización, si las acojo.

 

Quinto interrogante

 

Examinando detenidamente esta definición de mí misma veo que se queda en el plano filosófico y me pregunto,¿habrá algo más como constitutivo de mi persona?   ¿Es lo mismo lo que afirman los filósofos que lo que sostenemos los creyentes?

 

Pues evidentemente que no.

 

3. 6- Creación

 

Para entendernos como seres humanos los creyentes nos remitimos a la Sagrada Escritura y, generalmente, a los pasajes del Génesis que todos conocemos donde se nos relata la creación del hombre.

 

Pero también podemos analizar el inicio de este libro: “En el principio creo Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad y un aliento de Dios se cernía sobre las aguas. Y dijo Dios que exista la luz y la luz existió (Gn 1, 1-3)

 

En estas misteriosas palabras que nos hablan de los comienzos del mundo podemos ver también una expresión simbólica de nuestra propia creación y de la vida espiritual que nos constituye como personas.

 

El hombre es un vacío natural que aguarda el espíritu de Dios. Un espacio profundo que sigue siendo caos y confusión hasta que el espíritu creador de Dios se cierne sobre él, le llena con su presencia y la persona queda definida, desde el punto de vista creyente, como ser espiritual  que procede de la mano creadora de Dios y que  vive de Dios.

 

Para el hombre bíblico, para el israelita, yo existo por un salto de la nada al ser como resultado de una libertad y amor originarios y que no es sólo un acto puntual sino que es también la sustentación permanente de mi vida como don y participación constante de la suya propia.

 

Impresiona la radicalidad de esta presentación bíblica del hombre. El ser humano es “nada” en el sentido de que el Todo es Dios y  lo que no es Dios, es nada porque no puede existir por sí mismo.

 

Por lo tanto, si me entiendo desde mi fe soy un ser creado por Dios para relacionarme con él y con  la responsabilidad de crecer hacia lo que ha previsto para mí plenitud.

 

Asi queda demostrado también que soy un ser creado para la felicidad porque, siguiendo a Teilhard de Chardin: “La felicidad es: centrarse sobre sí (felicidad de crecer), descentrarse en el otro, (felicidad de amar), sobre-centrase en alguien mayor que uno: (felicidad de adorar)”.

 

4- Segunda parte: La Respuesta

 

Sexto interrogante                      

 

Al seguir profundizando sobre mi vocación y consagración, se presentó ante mí, con todo su dramatismo y crudeza una cuestión importante y que me dejó paralizada: ¿por qué tenemos que acoger un proyecto, como puede ser una llamada de Dios, que no es nuestro sino que nos viene de “Otro”, que no entra en nuestros planes, y que además nos trae dificultades, desinstalaciones, renuncias... En definitiva, ¿por qué tengo que responder a la llamada de Dios?

 

4. 1- Lo valioso

 

Hay un componente de la formación de la personalidad que es la sensibilidad para percibir los valores y darles la respuesta que les corresponde.

 

En nuestra regla tenemos un ejemplo de esto. Cuando San Benito habla del silencio en el capítulo VI, después de presentar diversos motivos por los que lo cree necesario, dice: “Dada la importancia del silencio, es decir el valor del silencio por sí mismo, rara vez se dé permiso para hablar a los discípulos perfectos”

 

El dejarse poseer por el valor, el entusiasmo, el gozo y la adhesión amorosa a todo lo que tiene valor, realiza la transformación del hombre y hace que florezca en él la plenitud de su vida.

 

Este reconocimiento de lo valioso es algo intuitivo, no se puede demostrar ni deducir y se expresa, sobre todo, al reconocer a Dios como el valor supremo y adorarle, alabarle y glorificarle.

 

4. 2- La vigilancia

 

Para descubrir con clarividencia los valores se ha de tener una mirada limpia y perspicaz, poseer un estado de vigilancia habitual, un no pasar por la vida dormitando con una actitud de inercia.

 

No se trata de una vigilancia externa, una cualidad de la persona que es muy despierta y rápida  o de gran agilidad intelectual, no, es una vigilancia interior que permite, no sólo para captar los valores, sino, y muy importante, saber jerarquizarlos lo que exige que al valor más elevado se le tribute una respuesta distinta de la dada al más bajo.

 

En este sentido existen tres  tipos de hombres: el egocéntrico, el valor-céntrico y el teocéntrico

 

4. 3- El hombre egocéntrico

 

Es el encerrado en sí mismo e incapaz de realizar una entrega a lo que es valioso. Ciego a los valores, no contacta con la vida interna de los mismos y por tanto carece también de atracción por Dios.

 

Esta persona está en una situación trágica pues nunca llegará a ser partícipe de aquello que ansía y de lo que necesita para su propia plenitud.

 

4. 4 - El valor-céntrico:

 

Es el centrado en los valores humanos: solidaridad, justicia, verdad, paz... sin darles una dimensión transcendente

 

4. 5- El teocéntrico:

 

Es el centrado en Dios. El cristiano, y especialmente el que tiene una llamada a la VC, descubre y afirma el valor de lo sobrenatural y se esfuerza por su realización en él. En un momento concreto de su vida se le presenta Dios y su llamada como el gran Valor y responde con una entrega y consagración sin reservas.

 

No se pregunta si está obligado o no a responder, sino que, por su postura fundamental de respuesta a los valores y principalmente a Dios, dará su sí con la mayor espontaneidad, como algo que le inunda de dicha y de alegría.

 

De aquí que el criterio último para juzgar la verdadera personalidad reside en el anhelo de Dios como supremo bien, en el hecho de adquirir la conciencia de que hay en el hombre un lugar interior que sólo Dios puede llenar y en el hecho de retirar espontaneamente todo afecto y adhesión  a bienes auténticos  y legítimos en cuanto el dedo de Dios toca el alma y esto con prontitud y generosidad;  es el venderlo todo y comprar la perla más preciosa.

 

El hombre descubre, como fuente de gran alegría, que es libre para responder sí a Dios sin nada que le ate. Es libre de tender al máximo de su humanidad tal y como la ha proyectado Dios para él y no por obligación sino por amor.

 

Porque es en ese ser capaces de acoger un proyecto transcendente donde radica la verdadera libertad humana como decía Goethe en una carta a Eckermann: “No nos hace libres el no querer aceptar nada superior a nosotros sino el acoger algo que está por encima de nosotros”

 

Podemos decir, pues que respondemos a una llamada porque en lo profundo nuestro hay un fuego devorador que barre cualquier cosa que no sea Dios. Se despierta en nosotros una pasión por lo último, por el Valor supremo, por aquello innombrable que supera toda comprensión, que lleva a un enamoramiento de la trancendencia y que obliga a responder con un sí total a semejanza de cómo el sediento responde ante un vaso de agua o el hambriento ante un trozo de pan.

 

Y esta sensibilidad por lo valioso se ha ido desarrollando en nosotros gracias a una vigilancia, a un deseo de encontrar el sentido profundo de nuestra vida  que nos mantiene despiertos y atentos.

 

Esto desmiente el creer que respondemos a Dios antes en función de nuestra personalidad más o menos decidida y no es cierto sino que depende de la atracción por el valor y así vemos como personas muy miedosas dan este salto y esto es también lo único que mantiene una vocación, no el ser muy sacrificado o con mucha fuerza de voluntad para aguantar...

 

5- Tercera parte: Dios 

 

Séptimo interrogante

 

Ahora quiero responderme a una pregunta muy importante para mí: ¿Qué Dios se me acercó para consagrarme? 

 

Hay dos posibles experiencias de Dios: la del Sinaí, manifestación clamorosa, vivencia del poder divino, de su transcendencia y grandiosidad descrita muy bien en Hb (12, 18-19) como:“fuego ardiente, oscuridad, tinieblas, huracán, sonido de trompetas” y la otra más de tipo relacional, de situación serena, de presencia cercana y personal de Dios como la que vivió Elías en el monte Horeb relatada en 1 Re (19, 12):  “pero no estaba Yahveh en el huracán, ni en el temblor de tierra, ni en el fuego,  sino en “el susurro de una brisa suave”.

 

Ambas son expresiones de una misma realidad y las dos deben darse ya que sólo donde Dios es afirmado como cercano, por un lado, e infinitamente lejano, por otro, hay fe verdadera, digna de Dios y digna del hombre y en cada persona predomina una u otra.

 

5. 1- ¿Qué Dios se me acercó el día de mi consagración?

 

Vi ante mí un “algo” que me desbordaba por su grandeza, majestad, gloria y Misterio. Mi experiencia fue, por tanto, más parecida a la del Sinaí.

 

Muy semejante también a la que tuvo Moisés y que se relata en Ex 3, 5: “No te acerques aquí, le dice el señor, quita las sandalias de tus pies  porque el lugar en que estás es tierra sagrada”.

 

Es la vivencia de la realidad extraordinaria y gratuita del Misterio de Dios pero que asombra porque se percibe la posibilidad de una relación personal con él. Esto me desconcertó mucho; se me acercaba una Realidad última, pero ¡podía dialogar con ella!, y se me revelaba como “conductor” de mi historia personal.

 

¡Ese Misterio insondable, que estaba fuera del espacio y del tiempo, era un Misterio Acogedor!

 

Descubrí mi vida, no como fruto de una casualidad, sino que tuve una certeza clara de que respondía a un designio de amor de una razón eterna, de Dios. De repente me enteré de que él había pensado en mí, en mí personalmente y que me quería mucho.

 

Yo existía única y exclusivamente porque una voluntad libre había querido que existiera con preferencia a que no existiera y por ello mi vida era una expresión concreta de un amor eterno de Dios que llegaba hasta el punto de crear una vida donde lo normal era la nada.

 

Aquí podemos unir la teología y la ciencia, concretamente la física cuántica, que nos ayuda a  desvelar este misterio de nuestra creación.

Según estos científicos, a nivel subatómico, las unidades más pequeñas que se han detectado, pueden manifestarse como ondas o como partículas, es decir como energía o como materia.

 

En 1929 Heisenberg estableció el principio de la indeterminación según el cual una realidad sólo surge como real cuando contacta con un “observador”, cuando entra en inter-relación, en diálogo con él. Es decir que “El Observador” altera lo observado por el mero hecho de su observación.

 

Yo existo porque “un observador”, Dios me mira y esa mirada de amor hace que emerja una persona: yo. Esa potencialidad que quedaría indeterminada, se materializa en una criatura nueva.

 

De esta experiencia nació el primer sentimiento importante que recuerdo haber tenido en el momento de mi profesión: el “temor de Dios” como consciencia de que, frente a tanta grandeza, uno “no es nada”, “ no tiene nada” y queda en silencio, como le ocurrió al profeta Habacuc: “Yahveh está en su santo Templo: ¡silencio ante él, tierra entera! (Hab 2, 20)

 

El segundo sentimiento que brotó en mí fue el de gratitud nacido de la conciencia clara de que lo que me daban no lo merecía, no se me debía, de la experiencia de que recibía algo muy valioso. Esto implicó también el reconocerme dependiente de Dios e incapaz de restituir el don recibido, sólo poderlo agradecer.

 

San Gregorio de Nisa, en su comentario sobre el Padre Nuestro, habla de la acción de gracias y dice: “Aunque te pasaras la vida entera dando gracias, apenas si cubrirías la acción de gracias del tiempo presente y nosotros, que tan lejos estamos de poder ofrecer una adecuada acción de gracias, no demostramos ni siquiera la gratitud que nos es posible pues no dedicamos a Dios, no digo ya toda la jornada, pero es que ni una mínima parte del día.

 

Porque si verdaderamente reflexionáramos sobre nuestra consagración tributaríamos a Dios, a lo largo de nuestra vida, una acción de gracias continuada. En cambio la mayoría de nosotros estamos absorbidos por preocupaciones exclusivamente materiales”.

Ahora, con el paso del tiempo, esta gratitud va creciendo porque la consagración ha supuesto la realización plena de todas mis aspiraciones, del deseo de infinito y plenitud que todo ser humano alberga en lo más íntimo suyo y lo abre a una felicidad no momentánea y limitada sino eterna.

 

5. 2- Y para qué se me acercó Dios? Para Consagrarme

 

Consagración

 

Seguro que todos ustedes, como yo, nos habíamos preparado muy bien para la Profesión. Yo había  leído mucho acerca de lo que ésta significaba.

 

Octavo interrogante

 

Pero cuando, tras un día lleno de acontecimientos, emociones, vivencias..., me metí en la cama y conseguí tener un poco de silencio, me pregunté, ¿qué ha pasado?, ¿qué ha cambiado en mi vida?, ¿qué ha supuesto para mí mi consagración?

 

Lo primero que me vino a la mente es que había habido una gran fiesta.

 

En lo que había celebrado se habían combinado dos palabras: fe y fiesta. Y es que la función primaria de la fe es ser festejada como respuesta de un hombre que se siente agradecido con aceptación y conformidad con la existencia. Es un decir sí y estar de acuerdo con la vida y, sobre todo, con uno mismo porque se reconoce y aprueba el propio fundamento, es decir Dios.

 

Pero para que pueda celebrarse una fiesta es necesario un segundo elemento esencial: las relaciones personales entre los hombres porque un individuo aislado no puede celebrar fiestas.

 

En mi caso concreto se había dado, por tanto, todo lo necesario, una aceptación  gozosa del don concedido por Dios y unas personas que se alegraban y celebraban conmigo la acción de gracias.

 

En segundo lugar percibí que había aparecido un nuevo modo de relacionarme con Dios.

 

La consagración es, en realidad, un concepto relacional, un vínculo entre Dios y un ser humano.

 

Generalmente tenemos un concepto cerrado de la consagración como algo que ocurrió un día concreto y que damos por terminado. Pero si tenemos esta visión relacional de la misma nos percatamos de que es un proceso que inicia un diálogo permanente con Dios. Es decir, la consagración no es algo que procede de Dios, como solemos pensar, sino Dios mismo dándose a una persona.

 

El hombre se está haciendo siempre y nuestra consagración es también desde siempre, aunque se haga presenta en un punto temporal concreto, y, por lo mismo, nunca terminamos de estar consagrados puesto que nunca terminamos de hacernos. Siempre estamos siendo consagrados, estamos en una “continua consagración” con lo que implicaría para nuestra vida el ser plenamente conscientes de esta realidad. 

 

En esto nos dan ejemplo algunos personajes del AT: “Estoy consagrado a Dios desde antes de nacer” dice Sansón a Dalila (Jc 16,17) y Jeremías se sabe consagrado por el Señor “ya antes de salir del seno materno” (Jr 1,5).

 

Y esta relación sólo se revela como verdadera para nosotros en tanto en cuanto nos impregna totalmente y se convierte en determinación de nuestro ser. Esto supone que cuanto más nos abrimos a Dios y más vivimos esta relación con él, más realizamos nuestra consagración.

 

Una intimidad de este tipo no se sostiene apoyada en doctrinas ni tampoco protegida por nuestros ineficaces desvelos y trabajos sino que debe ser construida y custodiada por Cristo.

 

¿Qué incluye esta nueva relación con Dios? Un elemento de Totalidad: afecta a toda la persona, de Receptividad: el hombre consagrado se pone a la escucha de Dios que ha tomado la iniciativa, de Amor: la nueva relación con Dios sólo se entiende desde el amor total de Dios al hombre y del hombre en respuesta a Dios en libertad, de Gracia: que Dios quiera hablar con nosotros de un modo especial es un don gratuito que él inicia y concluye. Sólo Él puede empujar a la naturaleza humana y elevarla a la divinidad, de Perpetuidad: Es la totalidad en el tiempo. Un don total es necesariamente para siempre.

 

Pero no podemos olvidar que la consagración así entendida incluye también un elemento de oscuridad, no se difumina la distancia infinita entre el creador y su criatura, es decir no es una relación entre iguales y el consagrado debe aceptar la ocultación del Misterio y de su voluntad que puede llegar a convertirse, para su propia voluntad, en una espada que traspasa el alma como le ocurrió a la Virgen María.

 

También la llamada de Abrahán comienza con la alegría causada por la promesa de un hijo pero avanza hasta la tenebrosa hora  del ascenso al monte Moria para sacrificar a Isaac.

 

Pero esto es bueno porque, al comprobar que ese absoluto de Dios no es alcanzable por nuestras propias fuerzas, la esperanza se hace oración. Ambas, esperanza y oración, son el camino obligado del hombre consagrado hacia Dios.

 

Rumí, un poeta místico musulmán del siglo XIII (1207-1273) lo expresa de forma insuperable:

 

“Tu amor

vino hasta mi corazón,

y se marchó feliz.

Después volvió,

se puso los vestidos del amor,

pero, una vez más, se fue.

Tímidamente le supliqué

que se quedase conmigo al menos por unos días.

Él se sentó junto a mí y ya se olvidó de partir.

 

5. 3- Diálogo.

 

Dios y yo nos habíamos encontrado para conversar y  ¿qué nos dijimos?, ¿qué le dije yo a Dios?

 

Aquí me van a permitir que me remita a nuestra regla.

 

En el capítulo 58, San Benito establece el ritual de la profesión y dice: “Una vez depositada la cédula, el novicio empezará este verso:”Recíbeme, Señor, según tu promesa, para que viva y no confundas mi esperanza”.

 

¿Por qué escoge San Benito estos versículos del salmo 118?

 

Porque son la expresión humilde y confiada de lo que el monje,  y creo que se puede aplicar a todo consagrado, espera de Dios, de lo que le dice, de lo que le suplica, porque condensan todo su pensamiento sobre lo que supone la consagración religiosa: la expresión de una esperanza.

 

Yo no pedí fuerza o ayuda para cumplir unas normas, sino misericordia, expresé un deseo de vida. No hablé de fuerza de voluntad sino de esperanza en la misericordia de Dios.

 

Quizás el camino hacia la verdadera consagración no consista tanto en el entrenamiento en la técnica de la voluntad como un descomponer la vida en actos tales como pequeños sacrificios, renuencias, oraciones, buenas intenciones  amontonadas cuantitativamente como en la apertura total a Dios. El exponerse a los rayos del sol a través de un vaciarse uno de todo y dejar lugar a que la vida divina llegue a nosotros.

 

De esta petición que dirigí al Señor me gustaría fijarme, sobre todo, en algunas palabras Recíbeme (Suscipe), et vivam, ne confundas, expectatione.

 

Suscipe, “Recíbeme”, significa también engendrar… Podíamos traducirlo como: “Engéndrame de nuevo como hijo tuyo y viviré”.

 

Pedimos al Señor vivir. La consagración tiende esencialmente a hacer al hombre más verdaderamente humano y a manifestar su grandeza original. En ella hay unas leyes de expansión y plenitud que empujan en el sentido de su realización.

 

Ningún valor que se entrega a Dios, o del que él toma posesión, queda destruido sino mejorado y ennoblecido, porque se salva en Dios mucho mejor que en sí mismo.

 

Esto significa que en la vida consagrada existe un desarrollo de la misma personalidad humana, no frustrada sino elevada y valorizada por el don divino.

 

Noveno interrogante

 

“Expectatione”: Pedimos al Señor que no confunda nuestra esperanza y al utilizar esta palabra entendemos que esperamos algo que nosotros mismos no podemos proporcionarnos y que incluye una certeza especial de alcanzar lo deseado.

 

Gabriel Marcel formula así este principio: “La única esperanza verdadera es aquella que se dirige hacia algo que no depende de nosotros”, hacia Dios y le decimos: “No confundas”, no defraudes mi esperanza y esto supone cierta tensión porque implica permanecer abierto para una realización de la que no sabemos ni la hora, ni tan siquiera la forma.

 

Ya hemos visto lo que le dije y le  pedí yo a Dios pero ¿Qué me dijo él a mí?

 

5. 4- Transformación

 

Nada. Dios no dice nada sino que hace y lo que hace es una transformación de nuestro ser que implica siempre una renovación y plenificación de la persona, un “descentramiento” de ella misma y un cambio de vida, porque se recibe una nueva energía que dinamiza.

 

Se produce una elevación de la naturaleza. Lo que se busca en una consagración no es ratificar lo que se es sino alcanzar  nuestro yo auténtico, no se trata de perfeccionarse sino de algo mucho más importante y totalmente diferente: transcenderse.

 

Y es diferente porque el que busca perfeccionarse se mira a sí mismo pero para dar el salto hasta Dios, el hombre necesita entrar en una dinámica de vaciamiento que es una transformación kenótica y el ego individual, lejos de toda autoafirmación y autosuficiencia,  debe desaparecer de la escena como candidato para la satisfacción, el éxito, la realización, la gloria espiritual…El hombre que se entrega a Dios en la profesión solemne pasa de la antropología incluso espiritual a la cristología (Von Valthasar)

 

Pero esta elevación de la naturaleza no es algo metafórico, intangible... sino que afecta a toda la persona y en todas sus dimensiones, se nota, es palpable.

 

En la condición física se puede manifestar como más expresividad, luninosidad del rostro, mayor vitalidad y capacidad para soportar el dolor físico y moral.

 

En el plano psicológico se llega a experimentar una mayor claridad para el discernimiento  que permite conocer dónde está el bien y la verdad,  y se mira a la realidad de modo más integral. La voluntad se ve fortalecida y es capaz de movilizar a la persona para realizar actos heroicos con determinación y firmeza. También florecen con naturalidad diversas virtudes como la mansedumbre, paciencia, templanza y  hay una sanación profunda de las heridas del pasado.

 

En la dimensión espiritual se experimenta un gusto especial por la relación amorosa con Dios y con los hermanos.

 

Décimo interrogante

 

Llegados a este punto, y al observar cómo transcurre mi vida cotidiana, me pregunto: ¿me he creído mi consagración?, y se lo traslado a ustedes ¿nos hemos creído nuestra consagración?

 

En mi caso sospecho que no. ¿Por qué?

 

No tengo duda sobre la permanencia de mi vocación. Dado que en el plan de Dios está el llamarme, está también guardarme en la vocación que es  eterna. El amor de Dios y su gracia no son condicionales ni temporales. Cuando Cristo ama, ama hasta el fin (Jn 13, 1) “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

 

También San Pablo lo dice muy claramente en la carta a los Romanos: “Los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Rm 11, 29). Por consiguiente ningún pecado, fracaso o debilidad podrá separarme jamás del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (Rm 8, 35-39)

 

Pero el hecho de que esté segura de la permanencia de mi vocación no basta, tendría que  ir acompañado del goce o disfrute de la misma. Si no me parecería a un hombre que tiene mucho dinero en el banco. Está cierto de que es rico, incluso tiene la seguridad de que su depósito está a salvo, pero si nunca gasta nada y lleva una vida de pobre podremos decir que no disfruta de su riqueza.  En teoría es muy rico pero en la práctica es pobre.

 

Cuando observo mi vida veo que falta la alegría, la fiesta, muchas veces la paz y los otros dones del Espíritu Santo como si la consagración no se hubiera realizado o se hubiera oscurecido, en cierta forma,  participando así del penoso destino de la palabar que acaba por ser repetida mecánicamente sin que la persona reconozca ya su sentido.

 

Quizás hemos considerado la consagración como una realidad sobrenatural y como de esa realidad  no percibimos prácticamente nada, se convierte en nosotros, poco a poco,  en algo intrascendente, que no parece guardar relación alguna con la vida diaria.

 

Pero Dios desea, no sólo que seamos consagrados,  sino que además disfrutemos de nuestra consagración como refleja  la primera carta de San Pedro (1 Pe 1, 8): “Os alegrías con un gozo inefable y colmado de gloria”

 

Y me pregunto ¿por qué no ocurre esto?

 

Tal vez porque nos falta fe. El problema es que para creer y gozar con nuestra consagración necesitamos más fe que para sacrificarlo todo por el Señor. Muchas personas, incluso no creyentes, no se han echado para atrás ante la perspectiva de los más duros sacrificios y se mantienen enteras en el sufrimiento. Incluso las luchas suponen a veces un aliciente y estímulo.

 

Esto ocurre porque es natural el sufrir y todos los hombres comprenden eso y tienen experiencia del dolor. Todos sabemos que es normal en la vida como ley de crecimiento y progreso.

 

Pero lo que repugna profundamente a la naturaleza humana es creer en promesas y tanto más cuanto  más bellas y llenas de felicidad están.

 

Para asegurarnos la felicidad el día de nuestra consagración el Señor no nos presentó ni la espada de dolores ni la cruz. Nos anunció que quería hacernos felices con la alegría pascual, pero no nos lo hemos creído, no tenemos la suficiente fe como para acogerlo y vivir de esta certeza.

 

Si nos hubiera hecho promesas pequeñas, a nuestra altura, lo hubiéramos aceptado pero lo que nos dijo nos desconcertó y confundió. No nos habló de desprendimiento, de sacrificio, de vida dura. No, nos habló de resurrección y de vida y eso es el escándalo para los hombres de poca fe, no la hora en la que Dios nos pide sino en la que Dios nos da y promete.

 

Podemos recordar la vacilación que sufrieron los doce y gran número de discípulos cuando Jesús les promete el pan de vida: “Tus palabras son duras ¿quién pude escucharlas?” (Jn 6, 60)

 

Dietrich Bonhoeffer, en sus cartas desde la cárcel escribe: El Dios que se revela en Jesucristo pone al revés todo lo que el hombre religioso imagina o concibe de él porque no quiere, no necesita recibir ningún sacrificio del ser humano, sólo espera de él esa entrega amorosa y confiada”

 

Tenemos que empezar a creer que Dios quiere hacernos felices, que él es nuestra felicidad.

 

6- Cuarta parte: Ha pasado el tiempo

 

En estos años que han transcurrido he ido recorriendo un camino que me imagino que será muy parecido al suyo y que podría comparar a un partido de tenis.

 

6. 1- Fracasos  y errores

 

Apenas se empieza a jugar aparecen los fracasos y errores. De la misma manera no hay vida consagrada sin imprudencias o torpezas, pero cuando las sabemos contemplar con el paso del tiempo, esas graves deficiencias voluntarias e involuntarias que hemos cometido, acaban ocupando un lugar positivo por todo lo que han originado en nosotros allí  mismo donde hasta ese momento parecían tener sólo una acción negativa.

 

6. 2- La inutilidad del camino interior

 

Sigue el partido y llega un momento en que la situación se hace muy cuesta arriba. Hay que jugar pelota tras pelota con gran esfuerzo y no siempre se gana. También en la Vida Consagrada se puede dar esta situación, la interioridad, la oración, la soledad, se hacen difíciles y no se ve el fruto ni el sentido.

 

¿Quién de nosotros no ha sido tocado o al menos rozado por la tentación de lo inútil de la oración, por su aparente infructuosidad? Quizás, aunque sea inconscientemente, ésta nos parece de mucho menor rendimiento que las obras, menos eficaz.

 

Cuando yo me venía al monasterio hace 24 años le comenté a una compañera del  trabajo bastante amiga que me venía a un monasterio de Vida Contemplativa. Ella, que no era creyente, me preguntó qué era eso de Vida Contemplativa y le dije que una vida centrada en la oración. Quedó pensativa y me dijo: “¿Y para qué sirve la oración? Y tras una breve pausa se contestó a sí misma: “para nada”

 

Seguro que muchos cristianos, ojala no nosotros, identifican la oración con alguna de la siguientes palabras: pasividad:

 

             “Se dice que San Serapio yendo de peregrinación visitó a una famosa eremita que vivía en una pequeña habitación de la que no salía nunca. Él, que erraba siempre por valles y montes, no comprendía esa forma de vida y le parecía absurda. Cuando se encontró ante ella le preguntó: “¿Qué haces ahí sentada todo el tiempo?”. Ella le respondió: “No estoy sentada, estoy en camino””.

 

También con algo inutil:

 

            “Al humilde santo Hindú Ramana Maharshi, un visitante, viéndole tanto tiempo en oración, le dirigió esta pregunta: “¿No sería mejor que ayudaras  a curar y aliviar los sufrimientos del mundo?” Él respondió sencillamente: “¿Y por qué sabes que no ayudo?” Los discursos públicos, la actividad externa y la ayuda material, están superados por el valor de la oración”.

 

Se ve como propio de los débiles casi diríamos de quienes no valen para grandes cosas, de los que ya no tienen capacidad para trabajar, de los ancianos, enfermos… ¡ya que no pueden hacer otra cosa, que recen!

            “Una división del ejército japonés entró una vez a un monasterio zen, hablaron con el superior y el oficial en jefe le pidió alimento y hospedaje para sus militares. El superior dijo al cocinero del monasterio: “Sirve a los militares el mismo sencillo alimento que tenemos los monjes hoy para comer”. Cuando los militares se vieron así tratados enviaron a uno de ellos al monje superior para decirle: “Pero, ¿quién te crees que somos nosotros? ¡Somos soldados, dispuestos a sacrificar la vida por nuestro país! ¿Y tú nos tratas así? ¿Por qué no nos tratas de forma más justa?” Y tú, “¿quién te crees que somos nosotros?”

 

Respondió imperturbable el monje: “Nosotros somos los soldados de toda la humanidad, dedicados a salvar a todos los seres que viven””.

En nuestra Iglesia suenan sospechosas palabras como oración contemplativa, mística, silencio orante…frente a otras prioridades y necesidades. La nueva cristiandad es fundamentalmente activista, anti-mística, social y revolucionaria. El cristiano del siglo XXI está vuelto hacia el movimiento, el progreso y busca su identidad y realización en la acción.

 

Pero si los consagrados no seguimos este camino interior podríamos llegar a parecernos a uno que compra gran cantidad de bombillas de colores y las cuelga por las calles de su pueblo, pero el pueblo no tiene corriente eléctrica. Los vecinos están alegres y le felicitan pero llega la noche y la oscuridad es total. Entonces todos descubren la verdad y le dicen enfadados: “Tus bombillas pueden decorar pero no valen para iluminar”.

 

6. 3, El activismo

 

Durante el partido los fracasos estimulan a cambiar de táctica para poder ganar pero se pueden escoger caminos equivocados. Cuando uno comienza a perder, intenta pegar cada vez más fuerte a la pelota para recuperar la confianza en sí mismo y empezar a ganar puntos rápidamente. Pero lo que suele ocurrir, en realidad, es que se van las pelotas fuera del campo y se continúa perdiendo tantos.

 

Onceavo interrogante

 

También en la Vida Consagrada existe un camino erróneo muy utilizado, es el activismo, el estar continuamente ocupados. Es el problema que se presenta con más frecuencia en nuestro contexto religioso.

 

¡Qué cantidad de cosas hacemos!. No tenemos más que examinar un día cualquiera y ver cómo transcurre.

 

¿Por qué hacemos tantas cosas?

 

En primer lugar porque no creemos realmente en el valor de la vida en sí misma y pensamos que tenemos que llenarla de cosas para que tenga un sentido, sea productiva y útil.

 

Una “Amma”, “Madre del desierto”, estaba siempre en su celda mirando por la ventana y un día, un peregrino que había pasado con frecuencia por allí y le había visto siempre en la misma posición, le preguntó: ¿“No te aburres de estar siempre sin hacer nada?” Ella le contestó: “¿Aburrirme? Pero ¡si estoy viviendo!.

 

En segundo lugar como huida del “no ser”. Al hombre, consciente de su terrible “desnudez”, le aterra el estar sin hacer cosas porque estas le proporcionan el falso sentimiento de ser alguien.

 

Quizás nos falta penetrar en el sentido de la primera bienaventuranza: “Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5,3)

 

Se da esta felicidad o dicha prometida cuando la conciencia de pobreza, de no ser nada  penetra en un ser humano hasta introducirse en la zona más íntima de su existencia y entonces confía más en el Señor y en la vida y menos en sí mismo.

 

Porque creer en Dios no es creer que existe sino que actúa. En relación a esto hay un chiste que quizás conozcan y también una anécdota que viví con mi madre.

 

Y en tercer lugar hacemos muchas cosas para huir del desánimo y la aridez del camino interior. Pensamos que conviene abandonar la búsqueda interior, la oración, porque el mundo material así lo requiere, nos urge, necesita toda nuestra energía, manos, corazón e inteligencia y nos decimos: “Ahora convirtamos las piedras en pan, es lo primero; luego ya tendremos tiempo para el resto..., pero ese momento nunca llega”.

 

El escritor Karl Valentin  expresa esta realidad con cierto humor: “Esta tarde tengo anunciada una visita de Dios pero no sé si podré estar en casa a esa hora”

 

Respecto a la actividad cotidiana Jesús la pone en su justo horizonte, insertándola dentro de la vida eterna del hombre: “Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?”[1]. “¿Ves estas grandiosas construcciones? No quedará piedra sobre piedra que no sea derruida”[2].

 

Para él lo importante es el Reino de Dios y su justicia, y éste es regalo del Padre. La colaboración del hombre, aunque necesaria, no lo es todo.  “El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se mete la hoz, porque ha llegado la siega”[3].

 

San Bernardo escribía así al Papa Inocencio II: “Tenga cuidado porque las demasiadas ocupaciones acaban endureciendo el corazón y haciendo sufrir al espíritu”.

 

Existe en todo hombre un deseo de unidad, de ir hacia el centro de sí mismo y todos, de algún modo, estamos llamados a respetar ese espacio que debe haber en nuestros horarios y en los de los demás y que sólo Dios puede ocupar sin pretender llenar este tiempo con acciones exclusivamente humanas.

 

6.4- El envejecimiento

 

Ya llevamos más de tres horas jugando porque el partido es al mejor de cinco sets y empieza un gran cansancio físico. En nuestra vida consagrada  podríamos traducirlo por el envejecimiento

 

En este sentido hay que decir que los últimos avances sobre la neuroplasticidad cerebral, la capacidad de aprendizaje y la estimulación cognitiva nos dan una visión muy positiva del envejecimiento.

 

Durante siglos, el sistema nervioso central se consideró como una estructura terminada y definitiva tras su desarrollo embrionario, y por lo tanto, inmutable e irreparable desde el punto de vista funcional y anatómico.

 

Sin embargo, desde mediados del siglo XX, gran cúmulo de datos científicos avalan la plasticidad cerebral o neuroplasticidad, es decir: su capacidad adaptativa y regenerativa modificando el número de conexiones interneuronales o incluso el número de células, en respuesta a acontecimientos determinados.

 

Por tanto, las diversas capacidades que poseemos no dependen sólo de factores genéticos y hereditarios, sino del aprendizaje y de la interacción continua que establecemos con el ambiente.

 

Además la regeneración cerebral es un fenómeno posible a lo largo de toda la vida, y si bien es mucho más evidente durante la infancia y va disminuyendo con los años, todos somos capaces de aprender y a cualquier edad.

 

Se ha demostrado como, tras accidentes vasculares cerebrales, que se dan con frecuencia en personas mayores, se producen nuevas neuronas y conexiones entre ellas que permiten la recuperación de las diferentes funciones cerebrales.

 

Desde esta perspectiva podemos afirmar que toda capacidad humana puede ser mejorada a través del ejercicio constante y repetido y en todo momento. Las técnicas de estimulación consideran al cerebro como un músculo y un músculo necesita entrenamiento.

 

Duodécimo interrogante

 

Seguimos en pleno juego y nos llega el desaliento porque hemos perdido ya dos sets y el jugador contrario nos está ganando el tercero. Empezamos a verlo todo negro y se nos va la esperanza.

 

 6. 5- Los pensamientos negativos

 

También en los consagrados aparecen, con bastante frecuencia, pensamientos y sentimientos negativos que están relacionados con diversas situaciones, tanto comunitarias, falta de vocaciones, abandonos de la Vida Consagrada, poca relevancia de nuestra vida, como personales, enfermedades, limitaciones....

 

Conversamos con nuestra mente alrededor de 18 horas diarias, y el 80% de éste diálogo es negativo, Usamos frases y palabras que nos autodisminuyen y autodestruyen: por  ejemplo, no sirvo para esto, no lo puedo hacer, no soy capaz, no tengo fuerzas, no resistiré tanto trabajo, siempre pierdo, todos me critican, no soy constante, si sigo así acabo en una silla de ruedas, tengo mala suerte...

 

Pero hay que tener un  cuidado exquisito con esto porque los científicos han demostrado que el pensamiento, el sentimiento y la palabra tienen tal energía vital que pueden producir en el cerebro, y por tanto en toda la persona, cambios físicos y químicos muy profundos y permanentes.

 

Tan sólo un minuto manteniendo un pensamiento o sentimiento negativo como el agobio, la ansiedad, el miedo... produce, a nivel cerebral, por las alteraciones hormonales inducidas, lesiones en las neuronas relacionadas con la memoria y el aprendizaje (localizadas en el hipocampo) y disminución de la capacidad de atención por reducción del riego sanguíneo en el cortex frontal.

 

Veamos este proceso con un ejemplo: Una persona ve un perro y piensa: “me va a morder”. Este mensaje negativo que se da a sí mismo, llega a la amígdala cerebral y produce el Miedo. El miedo llega al hipotálamo y empieza ahí la descarga de las sustancias del estrés: cortisol, adrenalina, noradrenalina...

 

Se producen entonces alteraciones físicas: taquicardia, sudoración, cefalea, contractura muscular, mareos y en el sistema inmunológico disminución de las defensas y aumento de las infecciones.

 

Hay además anomalías en la conducta ya que el cerebro primitivo toma el control y el cerebro racional se anula por lo que la persona puede tomar una decisión irracional, como echar a correr y saltar desde una ventana muy alta.

 

Por el contrario, las personas que generan pensamientos positivos son felices porque producen unos neurotransmisores asociados a la sensación de bienestar: oxitocina, serotonina, dopamina y endorfinas que dilatan lo vasos sanguíneos mejorando la circulación, producen relajación muscular evitando la tensión del estrés, disminuyen el ritmo cardiaco y la presión arterial. Incrementan y armonizan las funciones del cerebro.

 

¿Podemos cambiar y remodelar nuestro cerebro?

 

En algunos estudios científicos, se ha podido demostrar cómo las personas que decidieron hablarse a sí mismas de una manera más positiva, específicamente personas con trastornos psiquiátricos, consiguieron remodelar físicamente su estructura cerebral, precisamente los circuitos que les generaban estas mismas enfermedades. El hombre es el escultor de su propio cerebro.

 

¿Y qué implicaciones tiene todo esto a nivel comunitario además de a nivel personal?

 

Influimos en los demás al comunicarnos con ellos mediante los mensajes que transmitimos y la forma cómo los transmitimos.

 

Es muy importante, por tanto, tener siempre pensamientos y sentimientos positivos para no hacernos daño ni a nosotros  mismos ni a  los demás. Por ejemplo, una hermana le dice a otra “ten cuidado no te vayas a volver a caer”. Este mensaje genera, en la otra persona, un sentimiento: el miedo, que pone en marcha todo el sistema de neurotransmisores que hemos comentado produciendo alteraciones que hacen que disminuya su capacidad de atención con lo cual, lejos de ayudarla,  está favoreciendo el que se caiga.

 

"Todos somos responsables de los pensamientos que albergamos en nuestra mente en cualquier          momento. Tenemos que ser conscientes de  que todas nuestras  actitudes y comportamientos negativos y  autodestructivos se han originado por la manera en que hemos elegido pensar".  wayne dyer

 

Y conviene destacar que esta actitud positiva y esperanzada de la realidad no tiene nada que ver con  sistemas psicológicos de autoayuda o con ser personas optimistas sino que se tratrat de una visión cristiana de la vida que nos permite participar en todo momento de la victoria de Cristo resucitado,  compartiendo la alegría pascual. Sabemos que “la carga es ligera"

 

Decímotercer interrogante

 

6, 6- Fuerzas de crecimiento, fuerzas positivas de progreso

 

Es en este momento tan crítico del partido, en que se ha perdido toda esperanza de ganar, cuando aparecen fuerzas que movilizan al jugador y le hacen seguir heroicamente intentando lo imposible.

 

En los llamados a la Vida Consagrada también existen diferentes fuerzas de crecimiento que nos permiten caminar hacia la meta aún en momentos de gran dificultad. Hay muchas y cada uno tendrá las suyas pero yo quiero comentarles dos que me han ayudado mucho.

 

6. 6. 1- La fuerza de la paciencia

 

A lo largo de nuestra historia, debido a las numerosas batallas que vamos librando contra la desesperanza y tras salir indemne de ellas, nace una ciencia muy concreta: te das cuenta de que, para ganar, vas a necesitar la paciencia.

 

Es la que permite madurar al fruto y es necesaria para completar en nosotros lo que hemos empezado a ser, conseguir lo que creemos y esperamos. 

 

De Kierkegaard son estas palabras: “El Señor vendrá aunque debamos esperarlo y envejecer como Ana y Simeón y debemos esperarlo en su casa”.

 

Muchos apotegmas de los “Padres del desierto” relatan las historias de hermanos que querían abandonar la vida monástica ante las dificultades de la misma. La oración, el trabajo manual y quedarse en la celda era la recomendación más frecuente que daban: “Vuelve a tu celda y ella te lo enseñará todo”.

 

El simple permanecer ya es vencer, aunque sea gracias a trucos, como el de aquel monje que se decía todos los días durante cuarenta años: “Hoy me quedo, pero mañana partiré”. 

 

Y siempre animaban a confiar en la victoria final:

 

“El abad Moisés vivía en Petra. Un día fue tentado violentamente de impureza y no pudiendo resistir en su celda acudió a abrirse con el abad Isidoro. El anciano le recomendó que volviese a su celda, pero el abad Moisés se resistió y le decía:

 

      —No puedo Padre.

 

El abad Isidoro lo tomó consigo y lo llevo a la terraza, y le dijo:

 

      —Mira hacia el oeste.

 

Y dirigiendo la vista en esa dirección vio una muchedumbre de demonios en desorden preparándose para la lucha. El abad Isidoro le dijo de nuevo:

 

      — Mira hacia oriente.

 

Miró y vio una multitud innumerable de ángeles en la gloria. Y el abad Isidoro le dijo:

 

      —Todos estos son enviados para que nos ayuden. Los que vienen de occidente son nuestros enemigos. Pero los que nos socorren son mucho más numerosos que los que nos combaten.

 

Entonces el abad Moisés dio gracias a Dios, se llenó de confianza y volvió a su celda”.[1]      

 

6. 6. 2- La fuerza de la vida

 

Siempre me he peguntado de dónde sacan fuerza las personas que no tienen fe para superar los grandes dramas de la vida.

 

Todos los que hemos atravesado situaciones difíciles hemos sentido, en algún momento, una potencia impulsora, un tanto misteriosa, que nos empuja a seguir adelante. Es lo que llamamos la fuerza de la vida.

 

A pesar del mal, el dolor, el caos, la injusticia, la traición, la mentira, el odio, la enfermedad..., podemos experimentar esta fuerza que nos impele a seguir levantándonos cada mañana y recomenzar. Es una energía que puja por manifestarse y que no permite que la vida sea destruida.

 

Esta “fuerza de la vida” la ví reflejada en un acontecimiento que ocurrió durante la enfermedad de mi padre con Alzheimer.

 

 “..EN LOS PRIMEROS PASEOS, cuando ya no podía salir solo, nos llamó la atención un pequeño olmo que nacía salvaje en un espacio, en su día ajardinado, pero ahora baldío. 

 

Su desgracia fue nacer al borde del camino por donde pasaba la gente. Apenas levantaba un metro cuando una mañana apareció tronchado y a mi padre le causó mucho dolor.  Colocó unas tablillas alrededor del tronco quebrado y lo sujetó a las mismas con una cuerda para darle consistencia. El premio fue la aparición de dos nuevos brotes llenos de vida.

 

Pero cada poco tiempo volvían a romperlo por la misma herida.

 

Una mañana comprobamos que los jardines habían desaparecido, ¡cómo no!, cubiertos por un grueso y monótono manto de hormigón. Entonces supusimos  enterrado y sepultado para siempre a nuestro amigo.

 

Un día, movidos por la prisa, y ya olvidada la pena, tuvimos que cruzar por el callejón y cuando la mirada, sin quererlo, se dirigió al lugar acostumbrado descubrimos, con asombro, que, en la esquina precisa, el suelo se había roto asomando, en una grieta, unas pequeñas hojitas verdes, ¡era él!, nuestro olmo

 

Esta experiencia no es la simple descripción de un árbol que lucha por sobrevivir a pesar de los hombres, es la manifestación de la fuerza de la vida que anida en todo ser y que no se doblega ante nada.

 

Décimocuarto interrogante

 

7- La meta: Unión Mística

 

Se ha terminado el partido. ¡Victoria! Hemos ganado, que era nuestro objetivo.

 

En la Vida Consagrada la meta es la unión mística.

 

La vida consagrada es una pasión de amor de Dios por el hombre buscado y llamado a título personal  y cuando este asiente a su vocación primera, la de estar a solas con Dios, en el jardín, para gozar de su amistad más íntima, llega a sentir una presencia que le envuelve, a la vez que le habita, y que le sumerge en una comunión profunda con él que es experimentado de manera personal e inmediata.

 

¿Cómo se llega a esta profundidad relacional con Dios? Es siempre fruto de una gracia divina especial y completamente inmerecida. Pero Dios no se impone sino que espera nuestra apertura a sus invitaciones. 

 

Lo primero que debemos experimentar es un fuerte deseo de relacionarnos con él. Somos llamados a ser esencialmente y enteramente para Dios y nosotros consentimos o rechazamos la llamada desviando nuestra atención hacia otro asunto.

 

Los resultados son variadísimos, según los deseos de cooperación libre a las gracias divinas. Pero normalmente ocurre que, si se cultiva con seriedad y perseverancia la vida de oración, ésta se irá haciendo cada vez más sencilla y vendrá a ser una oración de corte contemplativo. 

 

“El camino que hay que realizar para llegar a ser un hombre de  oración está al alcance de todo hombre pues se encuentra en él, en estado potencial. Sin embargo es tarea de cada uno abrirse a la revelación de dicho camino e inventarlo a fuerza de soportar esperas y de entregarse a búsquedas que, para poder ser eficaces exigen una total consagración” (Marcel Legaut: Interioridad y compromiso)

 

El contemplativo es como una persona que entra de pronto en la catedral de León y dirige su mirada de una manera instintiva a las vidrieras y poco a poco va siendo tomada por una consolación y paz que llenan su alma de equilibrio y le llevan a recogerse y rezar. Siente como si una voz sobrenatural le dijera: cuando el calor del sol y el peso de la vida te parezcan muy duros ven a reposar bajo mi luz tamizada por los colores de la gracia.

 

8- FINAL

 

Me gustaría terminar expresando un deseo para mí y, a lo mejor también a ustedes les gusta unirse, el de pasear, sin prisas, de la mano con la palabra consagración hasta llegar al milagro de la comunión profunda con su significado y a una verdadera fusión que nos permita adentrarnos en su secreto, en su esperanza y alegría porque ella habla de un amor de Dios sin límites.

 

Muchas gracias por su atención.

 

Ernestina Álvarez, monja benedictina del Monasterio de Santa María de Carbajal de León en el Retiro de CONFER de 2014.

 

Con mucho agradecimiento, en primer lugar a Inmaculada, por la confianza que ha depositado en mí, y también a todos ustedes por su amable acogida que siento tan cordial y cercana.Pensé que, como preparación para celebrar “La Jornada de la Vida Consagrada”, nos podría venir bien profundizar juntos en lo que significa la “Consagración Religiosa” y en este sentido he orientado mi exposición.El tema se puede abordar desde diversos campos o aspectos: la Teología, la Sagrada Escritura, la Liturgia, las Formas Históricas… me di cuenta de que todos ellos me quedaban muy grandes; eran retos muy superiores a mis posibilidades.

 

Pero recordé que Sócrates afirma que: “Únicamente nos está permitido hablar de aquello que concierne a nuestra propia experiencia”. De él se cuenta que, cuando había sido acusado ante el pueblo, se le acercó un orador que le entregó un discurso de defensa cuidadosamente preparado pidiéndole que lo aprovechara. El sabio lo recibió con sencillez y lo leyó. Luego lo devolvió al orador diciendo: “Es un discurso bello y bien hecho pero no me parece digno aprovecharme del arte de un orador. He entregado mi vida, he cumplido mi misión y pienso que podré decir al menos un par de palabras sin recurrir a artes oratorias que no son para mí,  dado que cuento con la ayuda de los dioses” (del comienzo de la conferencia)

 

INTERROGANTES

 

1- ¿Qué puedo decir de mi propia consagración?

2- ¿Puedo aspirar a tener alguna experiencia de mi consagración?, ¿entra dentro

     de las posibilidades del ser humano?

3- ¿Seré sólo relación, tendencia hacia fuera, dispersión, fuerza centrífuga?

4- ¿De dónde brotan las exigencias de crecimiento, los impulsos que movilizan mi vida?                           

5- ¿Hay algo más allá de la que dice la antropología filosófica como constitutivo de mi persona?

6- ¿Por qué tengo que responder a la llamada de Dios?

7- ¿Qué Dios se me acercó el día de mi consagración?

8- ¿Qué supuso para mí el día de mi consagración?

9- ¿Hacía dónde oriento mi esperanza?

10- ¿Me he creído que estoy consagrada?

11- ¿He caído en el activismo?

12- ¿Mis pensamientos, sentimientos y palabras habituales son positivos o negativos?

13- ¿Qué formas de energía ascensional han empujado y sostenido mi vida en estos años?

14- ¿Vivo en un clima habitual de unión profunda con el Señor?

[1]     Las Sentencias de los Padres del desierto. Desclée De Brouwer, Bilbao, 1988

 

 

ÍNDICES

 

1- Presentación

 

2- Una experiencia

 

3- Primera parte:  El ser humano

 

                        3.1- Singularidad

                        3.2- Relacionalidad

                        3.3- Interioridad

                        3.4- Crecimiento

                        3.5- Resumen

                        3.6- Creación

 

4- Segunda parte: La respuesta

 

                        4.1- Lo valioso

                        4.2- ¨La vigilancia

                        4.3- El hombre egocéntrico

                        4. 4- El hombre valor-céntrico

                        4.5- El  hombre teocéntrico  

              

5- Tercera parte: Dios

 

                        5.1- Dios que se acerca

                        5.2- Consagración

                        5.3- Diálogo

                        5.4- Transformación

 

6- Cuarta parte: Ha pasado el tiempo

 

                        6.1- Fracasos y errores

                        6.2- Inutilidad del camino interior

                        6.3- El activismo

                        6.4- Envejecimiento

                        6.5- Pensamientos negativos

                        6.6 -Fuerzas de crecimiento

7- La meta

 

8-Final


¿Y tú que dices de tu relación con Dios, estés o no consagrado@? Escribe debajo tu comentario




Escribir comentario

Comentarios: 0